lunes, 4 de febrero de 2013

Nocturnos, en Clave de Ausencia

Octagésimo tercer Nocturno
Joaquina 
Aprendí que el pasado solo hay que recordarlo cuando se puede aprender de él; en caso contrario más vale dejarlo guardado en los bolsillos profundos de la noche para evitar el insomnio.

Esta es una historia que puede ser mía, aunque ha pasado tanto tiempo que, en fin… no importa demasiado en realidad. Las épocas galopan desmedidamente y, por ahí, se es tan rico en historias y mentiras que uno termina creyendo que lo que imagina es parte de su propia sustancia. La escribiré en primera persona, porque quizás tenga mucho de universalidad.
“Se llama Joaquina (nombre de origen hebreo que significa a la que Dios le da firmeza en su vida) y vive en Pozzuoli (Nápoles). Nos conocimos por allá cuando éramos muy jóvenes. Yo, un estudiante poco convencido de lo que mis padres me habían enviado a estudiar, y ella una gringuita hermosa, aplicada, de esas de 9,92 de promedio y del cuadro de honor. Hija del Vicecónsul italiano, un pelado de esos que te tratan bien y hablan enredado mientras te estudia de pies a cabeza. Celoso el hombre, demasiado para mi gusto en aquellos tiempos, muy parecido a lo que fui yo con mi hija quien siempre me hizo recordarla”.
“¡Joaquina! La encontré en facebook y me desarmé. Tardé mucho en decidirme a solicitarle amistad por temor a que no me recordara; al final lo hice y se acordó muy bien de aquel pibe argentino que…”
“Comenzaba la década de 1960, ya casi egresados de la secundaria. Las reuniones familiares en las que bailábamos al son de los discos de Elvis Presley y Pat Boone, mechados entre los tangos que se iban perdiendo, nos barajaban en un mazo afortunado de jóvenes aún inocentes y enamoradizos. Joaquina y yo nos mirábamos en esas fiestas con ese algo especial que solo ocurre entre dos que se gustan y atraen. Bailar con ella era lo más hermoso que podría pasarme. Una tardecita de aquellas se me ocurrió decirle la verdad, que me gustaba mucho, a lo que ella respondió dándome un beso en la mejilla y apretándome fuerte contra su cuerpo me susurró que yo a ella también. Así comenzó todo. Caminatas a las siestas tomados de la mano en dirección al río, sentarnos a charlar y hacer planes en los bancos de la Plaza Italia, uno que otro beso robado a las sombras tempranas de la noche camino a su casa y… pasaron un par de años observados por ese pelado atravesado que, ahora que pasó el tiempo, me doy cuenta de muchas realidades que no contábamos en aquellos tiempos. La cuestión es que en una tarde lluviosa, subidos al colectivo que unía un extremo con el otro de la ciudad, Joaquina me confesó que sus padres regresaban llevándosela a Nápoles. Aún recuerdo aquello y un puño desmedidamente agudo y arrítmico me sigue galopando en el pecho. Como dos criaturas nos largamos a llorar aumentando con nuestras lágrimas el grosor de las gotas de aquella fina lluvia que empapaba la ventanilla. Apenas nos quedaban veinte días para la partida y prometimos vivirlos intensamente y lo hicimos, juro que lo hicimos, y hoy sé que ninguno de los dos nos hemos arrepentido de haberlo hecho… siempre hay una primera vez inexperta, profunda pero dulce que quizás no enseñe lo que pretendemos que nos muestre… pero existe, pasó y… el pasado solo hay que recordarlo cuando se puede aprender de él; en caso contrario más vale dejarlo guardado en los bolsillos profundos de la noche para evitar el insomnio”.

Mar del Plata, 17 de enero de 2013.

4 comentarios:

  1. Hola Jorge, he llegado aa tu blog, no sé bien como, y he leído tu entrada. Me he quedado meditando algo que repites en el comienzo y final de tu entrada...

    "el pasado solo hay que recordarlo cuando se puede aprender de él; en caso contrario más vale dejarlo guardado en los bolsillos profundos de la noche para evitar el insomnio"

    Es de una filosofía maravillosa... y ójala todos pudiesemos pensar así, y sobre todo hacerlo realidad

    Un saludo

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    1. Muchas gracias por tu linda presencia, Ángeles.
      Un abrazo enorme.

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