domingo, 3 de febrero de 2013

Nocturno, en Clave de Ausencia

Octagésimo primer Nocturno
Proverbio japonés

Un amigo japonés de mis años más jóvenes decía: “mejor que mil días de estudio es un día con un gran maestro”. No sé qué fue de él, ya que no lo volví a ver, pero por mi parte continúo buscando a ese maestro que, como suceden muchas cosas en la vida, puede que lo haya encontrado y no lo reconocí como tal. Nunca es tarde para probar suerte si bien no le doy demasiado crédito, a esta altura de mi vida, al azar y por costumbre sigo estudiando…
Esa mañana salí contento y rápido del supermercado que está a una cuadra de mi casa, casi no tuve que hacer cola en la caja para pagar las ofertas del día. Caminé hasta  mi perro, que había dejado atado al caño enterrado en la vereda y que ostenta el cartel “No Estacionar”, lo acaricié y me distraje con él por un momento. Para esto estacioné el changuito - que mi mujer consiguió de oferta en la feria comunitaria del barrio - con todo lo que había comprado, pegado a la puerta de acceso al local. ¡Ay!... ¡Cuando me di cuenta de que un hijo de la gran puta me había afanado el chango!… Puteando, como hacía rato que no puteaba, miré para todos lados y ¡nada!; se lo había tragado la tierra. ¡Encima pegaban fuerte en mi bolsillo las seis botellas de torrontés que pagué al precio de cinco! Me acaricié la cabeza – en la tarde del día anterior pedí a mi nuera, peluquera aficionada, que me pasara “la cero” para que el corte de jubilado durara mes y medio - y los pelitos me pinchaban la palma de la mano derecha (con la izquierda sostenía al perro) dándome una sesión calmante de acupuntura. Un hombre, elegantemente vestido, se acercó y preguntó qué estaba pasando. Le conté que me habían robado a lo que respondió con las trilladas frases: “Qué barbaridad, cómo se vive hoy en día. Hay que cuidarse con todo y de todos”. No sirvió de mucho el comentario pero, en fin, el tipo había mostrado al menos un gesto de preocupación al verme tan enojado como estaba. Sostenía fuertemente un sobre grande de cuero y dijo: “Ud. disculpe; sé que está preocupado por lo que le pasó, pero ¿no sabe de alguien que quiera comprar una Notebook completita y con muy poco uso?” Le respondí que no tenía la más pálida idea. El hombre siguió diciendo: “Mire, la tengo aquí”. Abrió el sobre mostrando un hermoso equipo. En realidad la unidad se veía enterita y cuidada. Enseguida la guardó. “Y, ¿cuánto pide Ud.?”, le pregunté. “La vendo de apuro… por mil doscientos mangos la largo”, contestó. Esperé un rato, lo miré a los ojos y al parecer esperaba una oferta de mi parte. “Le doy mil”, le dije. El tipo meneó ligeramente la cabeza y preguntó: “¿Los tiene Ud.?” Le respondí que encima no, pero que si aguardaba un momento iba hasta el cajero automático del Banco, a una cuadra, y se los traía. Medio dudó, pero después dijo: “Bueno, déle, lo espero. Déjeme al perro, se lo cuido”. Primero titubeé, pero después le vi cara de honesto y acepté la propuesta.
Dejé al pobre perro con el hombre y fui hasta el Banco, extraje del cajero los mil pesos y regresé rápidamente. Al verme llegar sonrió y dijo: “No se va a arrepentir, va a ver. Es una pichincha y me hace un gran favor. Aparte recupera más de lo que perdió con el robo del changuito, ¿no le parece?”. Asentí, le pagué y el tipo me entregó el sobre de cuero y al perro que, contento, movía la cola. Tras darme una suave palmada se fue caminando, sin mayores apuros, guardándose los diez billetes de cien pesos en el bolsillo del pantalón. Quedé mirándolo hasta que despareció al doblar en la esquina. “Bueno, no hay mal que por bien no venga” le comenté al chicho y juntos nos fuimos para mi casa.
Entré y mi mujer estaba esperando preocupada. Me preguntó con pocas pulgas: “¿Dónde te quedaste?” Por ahí se dio cuenta de que había vuelto sin el changuito y siguió: “¿Y lo que te encargué?”. “Me robaron el chango con todo lo que compré y la puta madre que lo parió”; me apuré a responderle. “¿Cómo que te robaron las cosas?”, dijo, y continuó: “¡Seguramente las dejaste solas y te pusiste a pavear con el perro!” No le contesté y mientras seguía rezongando salí al patio a soltar al chicho. Dejé el sobre de cuero arriba de la mesada de la parrilla y entre tanto mi mujer se hacía oír diciendo: “¡¿Qué habrá traído en ese sobre de cuero?!… Mejor me voy porque si no lo mato. No se le puede mandar a hacer nada, ¡por Dios! ¡Espero que no haya gastado, sin consultarme, en alguna porquería inútil de esas que siempre se le ocurre!”… y salió a la calle. Cuando estuve seguro de que no regresaría abrí, entusiasmadísimo, el sobre y grande fue mi sorpresa cuando en su interior encontré un montón de panes de jabón de tocador muy compactamente arregladitos que perfumaban el aire de alrededor…
“¡¡¡Ay, ay, ay; tragáme tierra…!!!”, grité, acordándome de aquel amigo japonés y su proverbio: “mejor que mil días de estudio es un día con un gran maestro”.

Mar del Plata, 02 de Febrero de 2013.

Nocturnos, en Clave de Ausencia

Octagésimo Nocturno
Rasantiago-jo y Richi-ji
(Para todos mis nietos y cada chico de este mundo).
(A la docente zarateña Judith Monteiro que tanto usó este cuento con sus alumnos).            ...
...Una plaza, el verde de las plantas bajo un cielo celeste y los vivos colores de las flores. El canto de los pájaros y el rumor de las voces de quienes se columpiaban al son de las ráfagas del viento que improvisaban un embudo con la tela...
Una tela marchita y olvidada en ese banco de piedra.
Quizás una tela arrojada a propósito para que él y sólo él, vaya a saber por qué, la encontrara.
El dibujo era lindo. Sólo bastaría pintarlo. En el reverso se explicaba una manera de hablar diferente. Se anteponía la sílaba ra, re, ri, ro, ru y se terminaba con ja, je, ji, jo, ju, a todas las palabras. Por ejemplo, su nombre Santiago se pronunciaría Rasantiago-jo, caramelo se diría racaramelo-jo. Debía prestarse mucha atención a la primera y ultima vocal. Los monosílabos, salvo que fueran un nombre propio, no sufrían ninguna modificación. Riquiero-jo ir a rujugar-ja, significaría quiero ir a jugar.
Entusiasmado, Santiago llevó el dibujo a su casa y sin perder un sólo momento lo cubrió de pálidos colores, porque algo en su interior se lo hacía ver así.
Su obra había quedado rara, o más bien extraña, aunque la sentía hermosa.  Era un camino amarillo rodeado de un prado ceniciento que se perdía en el ocaso mientras que el sol se ensobrara pálidamente en el horizonte.
Se quedó mucho, pero mucho tiempo observando su obra apoyada en el atril.
El tiempo pasaba y pasaba zambulléndose en Santiago hasta que él mismo se ahogó en el seno de sus pensamientos. De pronto...
¡De pronto se encontró caminando por ese polvoriento y amarillo camino, rodeado de un prado color ceniza sosteniendo un pálido atardecer!
Se sintió feliz... Sí, ¡feliz y libre!
Giró sobre sí mismo y contempló el paisaje. No muy lejos divisó un montón de cosas que parecían árboles y enfiló hacia ahí.
Mientras caminaba, alguien a sus espaldas lo llamó:
- ¡Rasantiago-jo! - Sorprendido se detuvo y dio la media vuelta.­ ¡Rasantiago-jo!
Una figura que no sobrepasaba la altura de sus rodillas corría hacia él.
- No retemas-ja. Soy Richi-ji - Le dijo la criatura sonriendo - Te reesperaba-ja, redesde-je rahace-je un ritiempo-jo.
Santiago se dio cuenta de que la criatura hablaba como estaba escrito en la parte de atrás de su dibujo. Con alegría y satisfacción comprendió que se llamaba Chi y le preguntó:
- ¿Rodónde-je reestoy-ji?
- Raaquí-ji en la ritierra-ja. En el raaño-jo rodosmil-ji riciento-jo resesenta-ja y roocho-jo.
- ¡Oh! ¿En qué rulugar-ja?
- En la ritierra-ja.
- Sí, reestá-ja bien. Repero-jo ¿rodónde-je reestán-ja las riciudades-je?
- No hay riciudades-je.
-¿Por qué?
- Se redestruyeron-jo en la reguerra-ja.
- ¿En qué‚ reguerra-ja?
- ¡En la runuclear-ja!
- ¿Rucuánto-jo rahace-je?
- Rumuchos-jo raaños-jo.
- Repero-jo ¿rodónde-je rivivís-ji?
- En el robosque-je de ratataques-je.
- ¿De ratataques-je?
- Sí; raárboles-je rigigantes-je - Señaló en el sentido por donde caminara Santiago cuando él se le acercó- Raaquellos-jo. ¿Ves? Ven, ravamos-jo.
Se tomaron de la mano y caminaron de prisa hacia el bosque de "tataques". A lo lejos brincaba un animal muy parecido a un caballo. Fue entonces que Santiago preguntó:
- ¿Qué raanimal-ja es reese-je?
- ¡Ah! Un racaba-ja. Rocomo-jo el racaballo-jo de rahace-je rumuchos-jo raaños-jo raatrás-ja.
Mientras se acercaban  al bosque y a medida de que se hacía la noche vieron muchos animales. Entre ellos, un zor, un per, un ga, supuestos descendientes del zorro, del perro, del gato... Pájaros y muchas clases de aves. Todos animales parecidos a los que conocía Santiago, pero más pequeños, hechos para el mundo de Chi.
En ese idioma raro, pero tan pintoresco, mientras se apresuraban para que no los cercara la noche, Chi contó cosas que habían sucedido durante muchos años atrás. Habló del hombre, los ascendientes del hom o personas como él. Conversó sobre un egoísmo que llegó a ser tan, pero tan deplorable que el sano juicio desapareció por completo. Dijo que se perdió toda forma de pudor dominando al mundo la materia y los caóticos fantasmas de las pesadillas del dinero, del éxtasis vertiginoso de la droga y de la mortal turbación que produce el poder... Se crearon armas cada vez más y más poderosas, sustancias que producían las más aberrantes confusiones... Se destruyó el medio ambiente y el hombre se desconoció y despreció a sí mismo...
Habían ya casi llegado a los primeros “tataques” cuando Chi contaba de un antepasado suyo, un gran hombre. Un artista que había dibujado un sueño en el que bosquejó un paisaje del futuro; pero, según cuentan, jamás le llegó a dar color. La guerra no permitió que lo pintara...
Santiago interrumpió para preguntarle a Chi sobre qué cosas habían quedado de aquella época que, en realidad, eran parte de su propio tiempo.
- Ranada-ja. -Respondió Chi. - Ruhubo-jo, rahasta-ja que raaprender-je a raamar-ja.
- ¿Y rocómo-jo se rupuede-je reevitar-ja que reeso-jo rusuceda-ja?
- No redejando-jo que se ripierda-ja el raamor-jo. Ravalorando-jo y rucuidando-jo las rocosas-ja risimples-je de la rivida-ja...
Penetraron la arboleda y en ella había muchas criaturas como Chi. Todas sonreían. Todas demostraban paz.
Compartieron la comida y aunque aparentaba rara, Santiago no preguntó qué era ni cómo estaba hecha. A pesar de todo gustaba bien.
Encendieron fuego  y el ambiente se sintió tibio.
Cantaron, rieron y bailaron.
Santiago se encontró a gusto y aunque no vio las estrellas, porque el bosque era frondoso, las sintió sobre su cabeza.
La noche lo indujo a dormir y cuando despertó, en la mañana, todos se ocuparon de él.
Desayunó con algo parecido a la leche y le parecía como si no existiera el tiempo. Sólo tenía noción de espacio.
Chi se le arrimó y lo invitó a correr al prado. Salieron del bosque y mientras corrían y jugaban, sobre un conjunto de arbustos multicolores, algo conocido para Santiago se posó en una flor. Era una mariposa. ¡Una mariposa como las de su tiempo!
- Qué es reeso-jo? -Preguntó Chi extrañado.
- Ruuna-ja ramariposa-ja -Le respondió Santiago.
- ¿La rereconocés-je?
- Sí.
Santiago tomó al animalito suavemente entre sus manos y con emoción miró a Chi, quien con lágrimas en los ojos dijo:
-Rucuidála-ja Rasantiago-jo... ¡Por rafavor-jo, rucuidála-ja!
Fue en ese justo momento en que el suelo, la tierra misma, comenzó a vibrar... ¡Un gran terremoto se avecindaba!
­ Rocomo-jo rupuedas-ja, reescapáte-je... Reésta-ja es la reherencia-ja que nos redejó-jo la ruúltima-ja reguerra-ja. Por rafavor-jo reevitála-ja. ¡Rasaltá-ja raafuera-ja del rucuadro-jo! ¡Rerregresá-ja a tu ritiempo-jo! ¡Raamigo-jo!... ¡Raadiós-jo Rasantiago-jo!
Santiago lo miró con miedo, pero Chi sonreía.
- ¡Raandáte-je! ¡Yo reestaré-je bien te lo roprometo-jo! ¡Raadiós-jo! - Y la criatura se despidió corriendo; tambaleándose al compás de los temblores…
De pronto Santiago se encontró nuevamente en su dormitorio y, con las manos suavemente unidas, ¡miró su pintura!
Sintió un suave cosquilleo en sus palmas y, entreabriendo los dedos, algo se escapó volando buscando la luz. Rápidamente abrió la ventana, miró el cielo azul, los hombres de la calle, el verde de los  árboles y el rojo de una rosa que, en un pétalo albergaba a una mariposa...
Levantó incomprensiblemente sus pequeños brazos dejándose escapar en su espacio, volvió a mirar la pintura y gritó, tras un sollozo, angustiado:
-¡Te lo prometo, amigo...! ¡Te lo aseguro, Chi...!
La mariposa entró despreocupadamente, dibujando firuletes en el perfumado aire de la habitación de Santiago, se posó en el cuadro y...
Y quedó pintada, románticamente viajera, en el espacio y el tiempo...
...
[Zárate, Agosto de 1992 - Actualizado en Mar del Plata en Agosto de 2012]                                        

Nocturnos, en Clave de Ausencia

Septuagésimo noveno Nocturno

Un misterio de barrio:

Fue en mis tiempos de pibe que conocí a Angélica, una vecina a la que los chicos del barrio respetábamos mucho. Nos contaba historias fantásticas. Entre tantas nos contó que, en la manzana, dos de las esquinas opuestas en diagonal estaban embrujadas. Esquinas en las que, cada noche, alguien que ninguno jamás vio ponía letreros mágicos recordando gente del pueblo que había muerto muy, pero muy de viejas. Fantasmas que conversaban pero nadie oía.

El misterioso personaje, según contó Angélica, colocaba los carteles apenas pasada las diez de la noche y los retiraba antes de que saliéramos para ir a la escuela. Me arrepiento, enormemente, de no haberme dado un tiempo para hablar, ya de grande, con esta mujer que hace años se retiró misteriosamente de la vida.

Cuentan hoy los vecinos más mayores que, cuando vuelven tarde de alguna juerga nocturna, ven carteles misteriosos en esas dos esquinas y que a la mañana no están más porque alguien los retira.
Hoy, cuando les conté esta historia a mis nietos, me miraron con extrañeza y se rieron. Ellos dijeron: “Andá, abuelo, el tipo que pone y cambia los carteles sos vos, ¿no es cierto?...”
En fin; los tiempos cambian, ¿no?

Nocturnos, en Clave de Ausencia

Septuagésimo octavo Nocturno


FRUTA AMARGA
[Semblanza de una calle de barrancas, a principios de la década de 1960, con amores de estudiantes].

La noche envuelve con pereza las sombras y los silbidos del silencio se hacen más agudos con las imágenes fantasmales del tiempo.
Se ha ido.
¡Son tantas las noches en que partió, y de espera, que el regreso escarba lejano!
El cuadro huele a suaves perfumes evaporados de una subida nacida en la profundidad de otra calle en bajada que, acariciando casas viejas, muere ahogada en la greda del río.
En el dibujo, una bombilla amarillenta oscila al borde de la escalera que desciende a enrollarse en las bobinas de papel; las voces de los estudiantes se mezclan con el jadeo invernal; los alientos se condensan regando la acera húmeda; una vereda se esconde en las lazadas y puntos del crochet de telarañas de épocas; la arteria, palpitante, guarda secretos de pibes temerosos al “no” de alguna pretendida novia; amores que el tiempo dejó en el recuerdo y de otros que los años mantuvieron juntos.
Por esa calle se llegaba hasta la fatigosa y asmática usina del pueblo. Por esa calle se enmarcaron surcos de bicicletas cargadas de obreros camino a las fábricas. Por esa calle noviamos y en ella aún, en las noches frías, las naranjas maduran amargas en los naranjos descuidados.
Todo no es más que hielo derretido; momentos robados a la suerte y de años locos con saetas voladoras que no se aprendieron a esquivar.
La calle perezosa, con resabio a fruta amarga, aguarda.
Se ha ido.
¡Son tantas las noches en que partió, y de espera, que el regreso escarba lejano!

Mar del Plata, 16 de agosto de 2012.

Nocturnos, en Clave de Ausencia

Septuagésimo séptimo Nocturno

Después de sesenta años



El sol acaricia la mañana desde un cielo limpio de nubes.

Pedro, sentado en un banco del muelle de pescadores zambulle su mirada en cada ola que se disuelve en el acantilado. Por algunos instantes se lo ve escuchando con atención y en otros asiente agudamente. En cierto momento, un poco exasperado, responde: “No creas, David, que todo fue ni es tan simple… no siempre podés conseguir lo que querés; aunque si inistís, por ahí, obtenés lo que necesitás”.

El otro dice algo que, por lo visto, toca profundamente a Pedro quien levanta la vista fijándola a un costado del banco y, agitando las manos, responde “… es cierto, David, es cierto. Si la razón deja que la fantasía actúe por su cuenta, la imaginación termina produciendo monstruos imposibles”.

Aníbal, que había bajado a caminar un rato por la playa, regresó y parándose frente a su padre le pregunta extrañado:

- ¿Estás hablando solo, papá?

- Solo no, con David – contestó el hombre.

- ¿David?

- Sí, David, el amigo imaginario de mi infancia. Crecimos juntos pero un día, inexplicablemente, él se fue… o me fui yo, no lo sé… ¡nos reencontramos después de sesenta años! Él se puso demasiado sabio y yo por demás de viejo.

Aníbal menea la cabeza; ríe porque cree que su padre bromea, le apoya la mano en el hombro y dice:

- Vamos, viejo; mamá, los chicos y mi mujer nos esperan para almorzar.

El hombre se para obediente y, sin despegar la mirada del banco, propina una sonrisa de despedida mientras pregunta silenciosamente, como seguramente lo hizo un día en sus años más inocentes, “¿volveremos a encontrarnos, amigo?”…

Pedro y Aníbal se alejan perdiéndose entre la gente.

El sol acaricia el fin de la mañana desde un cielo limpio de nubes.

David se disuelve, como lo hacen las olas, en el seno del acantilado.



 Mar del Plata, 23 de Noviembre de 2012.

martes, 12 de junio de 2012

Nocturnos, en Clave de Ausencia

Septuagésimo sexto Nocturno
Mañana decisiva (Efecto Doppler)


A lo mejor todo, simplemente, se deba a que decidió jubilar sus anhelos. Vaya a saber por qué pero el viejo solterón, profesor de Física, acabó envuelto en sus pesadillas recurrentes; de esas que no se puede salir porque seguramente se traen enmarañadas desde pibe.
La jubilación le había llegado por oficio, o ciertamente obligado si se prefiere, hacía casi seis años y no se acostumbraba a eso; más por no poder continuar el trato cotidiano con los alumnos y colegas que por lo que se iban deteriorando sus ingresos aunque, en realidad, no era para menos.
Fueron dos días o mañanas diferentes y decisivas, al final de cuentas. En la primera resolvió barajar con un poco más de convencimiento eso que venía mascullando. Debía decidirse por una cosa u otra.
Miró salir a su hermana, como lo hacía cada mañana, a hacer las compras para el día. Sonriendo se hicieron una seña cariñosa de despedida con las manos; la observó alejarse desde la puerta de calle y meneó la cabeza. Volvió a decirse que aún no era el día; porque, a pesar de todo, todavía malgastaba ese tipo de dudas que se mezclan con el silencio del insomnio antes de entrar en la etapa casi obligada del sueño que tarda en llegar. “Mañana sí… quizás sea mañana”, pensó muy por dentro.
Cuando vio que Matilde entraba a la panadería de la otra cuadra miró la hora en su reloj pulsera y decidió salir. Cerró la puerta de calle con llave y tomó en sentido contrario del que había tomado su hermana. Al llegar a la esquina dobló para la barranca, dirigiéndose hacia la barrera del ferrocarril. Se cruzó con algunos vecinos y cuando había hecho dos de las tres cuadras de la suave bajada de la calle con sus naranjos amargos florecidos escuchó el sonido trepidante del tren que iba pasando a unas cinco cuadras de él. Volvió a mirar la hora y se dijo “fuera de horario, atrasado como siempre”. A lo lejos observó que la barrera se levantaba tras el paso del convoy. Apuró el paso y en pocos minutos llegó a las vías. Caminó hasta el carril por donde había pasado el tren y miró a lo lejos, hacia donde los rieles parecen unirse como, teóricamente, lo hacen dos rectas paralelas en el infinito. Pensó en las veces que había usado ese recurso para la mecánica Newtoniana cuando los muchachos no entendían demasiado cómo elegir puntos de referencia para el origen de los vectores que siempre, en un principio, resultaban serle flechas de indios. Sonrió haciendo que brillasen sus ojos al recordar esos días. Cuando volvió en sí de sus recuerdos salió del recto camino de hierro y durmientes regresando sobre los pasos en que había llegado.
Hizo apenas cien metros, dándose ánimo para caminar barranca arriba, cuando se cruzó con Elsa. Ella; tan linda y jovial aunque casi, casi, tan vieja como él. Se miraron, se sonrieron y entendieron que debían marcharse juntos como tantas veces lo habían hecho. Él le extendió su mano tomando fuerte la de ella y se dirigieron en silencio hasta la casa de la mujer. Pasaron juntos lo que restaba del día y era entrada la noche para cuando Enrique volvió a la suya. Matilde lo esperaba con la cena, enojada porque había faltado al mediodía sin avisarle que lo haría. De todos modos él se sentó a la mesa y su hermana, sirviéndole en el plato la sopa, le protestó:
- Quisiera saber cuándo vas a decidir irte a vivir con ella… ya sé lo que me vas a contestar… ¡ya lo sé!, aunque hace tiempo que no lo decís… “no quiero dejarte sola”… y no entendés, o no querés hacerlo… yo tengo a mis hijos y los nietos. Además, porque hagas tu vida con Elsa no significa que nos alejemos. Ella me quiere y yo la quiero… seríamos más de familia. No sé el por qué de ese estúpido empeño tuyo… me preocupás, Enrique, en serio que me inquietás. Tenés alguien que te ama y te ponés hecho un tonto no aceptando esa realidad… si vos también la querés y… mirá que hace años de esta historia, ¿eh? Más viejo venís y más duro de entendedera y caprichoso te ponés…
Enrique no contestó palabra. Simplemente masculló para sus adentros, “tengo que decidirme… tengo que hacerlo. Estorbo, eso pasa, estorbo”.
Matilde hizo silencio por un momento, pero después continuó:
- ¿Qué vas a hacer esta noche? Vienen los chicos. Traerán postre.
- Miraré la televisión – fue la contestación.
- Como quieras. Apuráte con la sopa y te sirvo el revuelto de zapallito que ya deben estar por llegar.
No volvieron a hablar. Enrique terminó con la cena y se retiró a la pieza a ver, como lo hacía todas las noches, el resumen de noticias en el canal local. Adoraba a su hermana, la había cuidado con todo amor desde que quedó viuda, pero debía tomar una decisión. Ella también estaba vieja y cansada. Ya eran muchos años viviendo juntos. Desde antes de morir su cuñado… pero algo andaba fallando en él y, en fin, “debía decidirse” se dijo. Confusiones, simplemente desórdenes, “mañana será… mañana…”. Encendió el televisor y cuando hacía un buen rato de que lo miraba, recostado en su mullido sillón de la PC, alguien tocó a la puerta.
- ¡Sí! – contestó.
- ¡Hola tío! - gritaron del otro lado - ¡¿me explicás un tema, que mañana tengo examen?!... y después dejáme usar tu compu.
Enrique se paró y fue hasta la puerta abriéndola.
- Pasá Manuel, entrá. ¿Por qué esperás siempre a último momento para que te explique algo?
- ¡Ufa, tío! Es una cosita, nada más. Tengo prueba de Física y no entiendo eso del efecto Doppler. ¿Me lo explicás y después me dejás revisar el facebook?
- ¡El facebook! ¡Bah! Dále, andá, sentáte a la mesa y sacá tu carpeta o el libro que te explico lo que quieras.
- Lo miramos por Internet, tío…
- ¡Qué Internet, ni qué diablos! Yo no necesito de eso para explicarte algo. ¿Siquiera trajiste carpeta y libro? Andá, andá. Sentáte ahí.
Enrique explicó el fenómeno Doppler e incluso resolvieron algunas situaciones problemáticas de esas que se podrían presentar en un examen. Manuel usó la PC hasta casi la medianoche cuando Matilde lo llamó gritándole:
- ¡Vamos, Manuel, que tus padres y hermanos se van!
El muchacho se acercó a  Enrique que estaba recostado en la cama medio dormido encarando al televisor aún prendido, le dio un beso y las gracias. Se marchó rápido. Al cerrar la puerta, el viejo profesor se paró y apagó la PC meneando la cabeza distraídamente. De afuera varias voces gritaron:
- ¡¡¡Chau, tío!!!
- ¡¡¡Chau!!! - gritó.
La mañana llegó rápido sin haber podido conciliar del todo, como de costumbre, el sueño y Enrique se levantó, con las ideas medio agitadas, a desayunar. Calentó el agua para tomar unos mates, preparó unas cuantas tajadas de pan con manteca, saboreó desatentamente su ligera comida  y luego repitió todo lo que había hecho en la mañana anterior. Esperó a que su hermana saliese a hacer los mandados y enfiló, calle abajo, hasta la barrera del ferrocarril. Había salido algo más temprano que el día anterior y apurado el paso. La barrera estaba abierta. Se paró en la vía por donde debería pasar el convoy y miró hacia el sitio a esperar que llegara. Desde lejos, como un punto móvil, se acercaba la mole de acero. Sacó pecho y respiró profundamente. El tren comenzó a tocar pito y se acercaba a buena velocidad. Él más y más ensanchaba el pecho y abría los ojos… de pronto se dio cuenta de que el pito del tren cambiaba el sonido, desde un tono más agudo a uno más grave, a medida de que se aproximaba… recordó la explicación de la noche anterior del efecto Doppler a su sobrino y se dio cuenta de que lo estaba comprobando experimentalmente y que, ¡tanto que lo había enseñado en su carrera!... y; justo en ese momento de decisión universal, ve que también todo lo agudo de su vida se convertía en grave y pasaría de largo hasta perderse en un punto distante opuesto, en el otro lado de un tiempo que no lograría conocer y… dio rápidamente unos pasos hacia fuera de las vías justo en el momento en que pasaba el tren… hundió el pecho, bajó la cabeza, esbozó una sonrisa triste como quien se despide de una idea y resolvió volver sobre los pasos que lo habían traído hasta ahí… a pocos metros Elsa lo estaba esperando… Enrique la abrazó profundamente y la besó con ansias, se tomaron de las manos y caminaron rumbo a la casa de ella…
La noche llegó y se sentía tranquila. Matilde guardó la cena ya fría porque era tarde y la hora de dormir. Pensó; “bueno, por fin se decidió. Era tiempo. Lo extrañaré pero fue necesario de que se convenciera por sí mismo. Seguramente mañana vendrán a cenar e invitaré a los chicos. Habrá un cubierto más en la mesa…”

domingo, 3 de junio de 2012

Nocturnos, en clave de ausencia

Septuagésimo quinto nocturno

Mañana de otoño

(Jueves 12 de abril de 2012, después de la siesta y… cualquier similitud con una historia real es pura coincidencia… qué sé yo, aclaro no más…)

No sé por qué me pasan algunas cosas…
La mañana de otoño estaba fresca y se me ocurrió caminar para hacer un poco de ejercicio mientras escuchaba, por los auriculares del MP3, unos buenos tangos de mi vieja colección. La plaza del barrio es un buen lugar para hacerlo. Le habían hecho las veredas nuevas hacía poco tiempo atrás y se podía andar con seguridad y ligero, como para bajar algo el abdomen que crece tanto como los pelos que asoman en cualquier lugar y no justamente en la cabeza.
Crucé al peluquero que iba apurado a abrir su local y me causó gracia ya que hacía tiempo que no lo visitaba. Digo que es gracioso porque hasta hace algún tiempo atrás, algo más de un año, me miraba para comprobar que no fuera a cortarme al otro barrio. Ya no me observa porque la rodilla natural que uso de gorro lo dice todo. Es impresionante como pierdo el pelo en estos últimos tiempos. Me dijeron de hacer enjuagues con abundante té de ortiga pero no me da por hacer caso a esas cosas. Como bien dicen, el piso y los hombros son los únicos que detienen la caída del pelo cuando te ataca la calvicie.
La cuestión es que llegué a la plaza, que se veía amarilleada con las hojas de abril que caían de los plátanos, y unos cuantos madrugadores del barrio estaban sentados disfrutando el fresco mañanero en los bancos de madera que, por cierto, son los más cómodos ya que tienen respaldo. Calculé cuántos viejos como yo tendría que saludar en la primera vuelta y enfilé en sentido contrario a las agujas del reloj; en Física eso indica un giro de momento positivo.
Hice apenas los primeros cien metros de la manzana y estaba por doblar en la primera esquina cuando un tipo me pasó trotando por el lado del cordón de la calle. Vaya a saber para donde iba tan apurado. Lo puteé por lo bajo porque me sorprendió e hizo que perdiera el ritmo de la caminata. Para ese momento ya llevaba saludados a tres vecinos jubilados de la fábrica de jabones que, desde hace más de treinta años, da trabajo a la gente del pueblo.
Cuando terminaba de caminar otra cuadra, y antes de girar, un perro vagabundo, sucio, que venía a mi encuentro comenzó a ladrar. Miré hacia atrás y distingo a un adolescente que se acercaba a todo trapo en patineta. La cuestión es que el animal no sabía si tirarle el tarascón al pibe o a mí; y entre mocoso y can casi me hacen caer. El skayter bajó el cordón de la vereda hacia la manzana de enfrente mientras el sabueso lo perseguía y por ahí se perdieron. Otra vez me habían hecho cambiar el ritmo de la caminata. Volví a putear pero después me distraje pensando que ya llevaba saludados a cinco viejos ociosos pero a ninguna mujer.
Hice la tercera cuadra de mi caminata y no encontré a ninguno para saludar y nada ni nadie me sorprendieron, por lo que mantuve el ritmo del ejercicio.
Doblé para cerrar el circuito en la cuarta cuadra de la plaza cuando observé que enfrente estaban descargando pan fresco donde es la mejor despensa del pueblo.
Al diablo con la caminata, pensé, me desenchufé los auriculares guardándolos en el bolsillo del pantalón y crucé para comprar algo porque me había dado hambre.
Hice preparar un buen sánguche de jamón crudo serrano y queso a lo que agregué un buen vaso de plástico con gaseosa. Pagué y regresé a la plaza. Me senté en uno de los cómodos bancos de madera con respaldo, apoyé la bebida en el asiento y mientras desenvolvía el exquisito emparedado vi que pasaban apurados los cinco viejos jubilados, que me saludaron de a uno. La próstata, pensé. Cuando estaba por dar el primer mordiscón pasó corriendo el tipo que me había cruzado en la primera cuadra, detrás de él el pibe en patineta y el perro que los perseguía. El animal cuando me vio se paró de golpe y yo también lo miré quedándome estático. Vino hacia mí, se apoyó en el banco, volcó el vaso de gaseosa, le pegó una furibunda lamida al sánguche y me lo arrebató. Quedé mirando cómo se comía lo que debería haber sido mi colación mañanera…
De vuelta para mi casa pasé por la peluquería del barrio y me senté a esperar para que me rasurasen y…
¡¡¡Ah!!!, ¿aún no les dije que esa fue mi primera mañana de docente solterón jubilado?