martes, 21 de septiembre de 2010

Nocturnos, en clave de ausencia

Quincuagésimo segundo nocturno


Te miro igual que en el último otoño, esquivándome la mirada. Sigues siendo y viéndote niña y yo, algo más anticuado... por mí no sabrás nunca que deseo ser más joven, aunque... alguien me confió que lo dijiste... que querrías ser un poco más vieja.

Nocturnos, en clave de ausencia

Quincuagésimo primer nocturno


En la madrugada, pasando por el viejo café, sentados a la mesa que da al ventanal los sorprendí... Los vi viejos y amantes... ¡Eran aquellos de quienes tanto hablaron!... Los vi bajar sus cabezas con las mismas fuerzas con que sus lágrimas caían sobre el mantel... Era casi el alba y, además, tarde.

Nocturnos, en clave de ausencia

Quincuagésimo nocturno

Huelo y oigo el silencio. ¿O es que acaso el silencio no tiene por qué tener perfumes y ruidos? La fragancia y el murmullo del silencio reproducen el tiempo pasado enmascarándolo con aromas y ecos que jamás se ajustan al presente.

Nocturnos, en clave de ausencia

Cuadragésimo noveno nocturno


No sé en qué recodo nacen, ni en que rincón se esconden esas cosas por las que el universo nos atraviesa... lo que sí sé es que nunca mueren, ¡son eternas! Y siempre reaparecen. Nadie, por más fuerza que tenga, puede arrojarlas lejos porque... porque son un boomerang. Las cosas y las causas vuelven con toda su masa... con todo el peso en unidades de dolor a través de la inercia de las tristezas.
¿Por qué será que son tan pocas las alegrías pintadas en la tela del vestido de la vida? Supongo que la estampa la confecciona el Cosmos; porque en él hay demasiados e inmensos espacios fríos que destemplan estrellas... ¡Sí, claro que sí!, Indefectiblemente, así es la tela del vestido de la vida.
En la mañana, posiblemente, me olvide de estos pensamientos... y mis cosas del insomnio, ¿por qué, no?, quedarán flotando escondidas en el recodo del universo de estos nocturnos en clave de ausencia.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Nocturnos, en clave de ausencia

Cuadragésimo octavo nocturno

Es un morocho, bien negro, que antes era flaco y, más que flaco, escuálido... sus piernas largas parecían enganchadas a un pantalón corto, color negro, y con remiendos negros... sus pies eran y son anchos como una hoja de poto misionero… que yo sepa, nunca tuvo ni tiene a nadie… pero el negro se ríe, como lo hizo siempre, aunque canta un poco más desafinado. Tocaba y toca algo que no son una armónica, ni un clarinete, ni una flauta dulce, ni una guitarra, ni un tambor… bailaba y baila apoyado en sus dedos negros y las uñas más negras que su cuerpo, acariciando un cepillo de crines negras... el negro hoy está un poco más gordo y como lustrabotas nunca lustró zapatos marrones... ¿por qué será?... como ya dije, sigue teniendo pies anchos como una hoja de poto misionero y el cayo del dedo meñique del pie izquierdo le agujerea la alpargata... claro, las alpargatas son bien negras también... mira de reojo al “pato vica”, rubio con cara de bobo, del boliche del centro y se ríe... el otro, de mente estrecha y de sobrenombre Seis Dedos - cinco en cada mano y uno de frente como lo cuenta el chiste - le pregunta: ¿de qué te reís Negro? El morocho piensa la contestación mirándose el agujero de la alpargata: ¿qué sé yo de qué me río? ¡A lo mejor de lo mismo de que te reirás vos cuando te desinfles!... andá a saber... o, andá a la mierda; ¿querés? El pobre negro, de alma y cuerpo, en realidad y como fue y es su costumbre no responde nada y sigue riendo.

Nocturnos, en clave de ausencia

Cuadragésimo séptimo nocturno


¿Los ladrones son esos que usan una gorra gris, pañuelo oscuro, y camisetas de colores desteñidos y a rayas? ¡Qué mentira de película! Usan el mismo traje que los ejecutivos, ministros, presidentes, curas y otras yerbas... No hace mucho tiempo atrás paseaba con mi perro, cuando un tipo, aparentemente muy educado, me pidió fuego. Saqué el encendedor, le prendí el cigarrillo cuando me hundía en la panza el frío caño de una pistola... el hijo de puta solamente se llevó mi medio atado y, hablando mal y pronto, se “cagó de risa”. En realidad, a mí me dejó mal parado y a mi perro ladrando. Más o menos un mes después, una mañana, mi manojo de pulgas, al que llevaba al veterinario, reconoció al tipejo… estaba parado, de vigilante, en la puerta de un banco y el can le ladró al uniformado... por lo bajo, y pensando, le dije a mi mascota mientras lo arrastraba: “Vamos, Cascote, no me metás en problemas; a ver si por tu culpa después me fuma los cigarrillos directamente desde adentro del calabozo”... ¿No fumará, este turro, estando de servicio?

Nocturnos, en clave de ausencia

Cuadragésimo sexto nocturno


No sé por qué; pero, a veces, el barrio me pega duro. Debe ser porque supone que, por ahí, uno se va y, después, no vuelve... ¡es cierto!... ¡muchos lo han hecho!
Cuando regreso al barrio y lo presiento malhumorado pienso que es de cascarrabias, por reconocerse viejo... no sé... pero desde hoy, cada vez que cruce la calle de mi casa o que arranque en la bicicleta le diré un hasta luego empalagosamente risueño... aunque me agobien las cosas de los tiempos. ¡Lo pensé bien! y, saben ¿qué?; si algún día los malvones y las flores, que dañinamente, robé de pibe se evaporan en el incienso de la maestra olvidada, o de la novia pretendida, o de la moneda sacada a la abuela o del permiso de mamá y... te lo juro, barrio mío; si existe un error probabilístico de que me haga mentiroso, será por alguna de esas inecuaciones que no entendí de tu escuela... de esas cosas inocentes, inescrupulosas, que sin querer serlo se parecen a las falsas promesas que nos enseñaron a hacer los del otro barrio; esos del centro... porque ¿así se vive, viste?... te juro que será porque la calle me disuelve en su época... pero, eso sí, ¿eh?; si me ocurre algo, o muero, fuera de tu territorio, te prometo volver hecho el fantasma que esperás… y tendrás que dejarme ocupar el mismísimo, silencioso, lugar que le das a los otros que, sin querer hacerlo, se fueron...