Vigésimo sexto nocturno
La mesa...
Un ensamble de tablas anchas sobre la que apoyaba o aún apoyo el papel en el que escribo o escribía, por ejemplo, estas cosas. Estas cosas que nacen o nacían, ¿quién sabe de qué profundidad de mi mente o de qué figura material trastornada del universo? La mesa, desnuda, no tiene ni tuvo siquiera una planta ni el recuerdo de una flor. Las plantas y las flores están o estaban en las frases escritas... frases dictadas por fantasmas de madera, tinta y papel...
En fin, ¿por qué no?
Debo atreverme y contarlo, después de todo son cosas de escritores...
Anoche...
Anoche me dormí, no sé por cuánto tiempo, cuando el universo golpeó a la puerta de mi conciencia... pegó tan fuerte que me despertó. En el centro de la mesa, lejos de la pila de papeles, imaginé una hermosa planta verde y ocre; y, en un florero, un jazmín. Me incorporé asustado, corrí hasta la realidad y desde ahí le pregunté a la mesa: “¿por qué querés cambiar ahora?”... Como nada ni nadie me contestaba, nuevamente me acerqué a la mesa y me senté frente a la pila de papel y... y, leí lo que me figuré que ahí estaba escrito: “Dejá las preguntas... ya lo sabemos... a mí, tanto como a tus versos que intentás convertir en prosas nos queda poco. La planta y la flor son símbolos... vos y yo, ya lo dejamos todo.”
Era la madrugada y me dije con severidad... “¿¡Por aquí, quién anduvo escribiendo eso!?”
Por primera vez en mi vida, sentí que el universo no quiere ni quiso responderme.
lunes, 17 de mayo de 2010
Nocturnos, en clave de ausencia
Vigésimo quinto nocturno
Pensar. Arte. Expresiones de la vida. Distintas. Porque hay mundos diferentes. Uno de ellos simplemente existe sin que se hable demasiado de él. Apenas se lo tiene en cuenta a pesar de que se lo ve, se lo palpa, se lo siente. Es el mundo real. Los otros necesitan de la vida misma y, es indispensable hablar de ellos porque de otra manera no se advierten. Paralelos entre sí son, la música, la pintura, la poesía, la escultura,... Los mundos del arte.
Vivir es un arte...
El arte de vivir permite hacer ese tipo de historia que se logra a través de todos los hombres, sin excepción, y de la que muy pocos escriben pues, siendo compacta es a veces precisa y otras injusta...
Si cada hombre escribiese la historia, como sólo él la comprende, ella no existiría. Se crearían mundos con caminos oblicuos. Cesaría el paralelismo. Se cruzarían tantos intereses como seres hubiera en el mundo. Moriría el arte. Sólo quedaría el mundo real. El material. No habría nada de qué hablar. Nada para crear. Acudiría el ocaso de la imaginación. Se terminaría la vida, se destruiría la fe, se evaporaría el alma, desaparecería Dios.
Pensar. Arte. Expresiones de la vida. Distintas. Porque hay mundos diferentes. Uno de ellos simplemente existe sin que se hable demasiado de él. Apenas se lo tiene en cuenta a pesar de que se lo ve, se lo palpa, se lo siente. Es el mundo real. Los otros necesitan de la vida misma y, es indispensable hablar de ellos porque de otra manera no se advierten. Paralelos entre sí son, la música, la pintura, la poesía, la escultura,... Los mundos del arte.
Vivir es un arte...
El arte de vivir permite hacer ese tipo de historia que se logra a través de todos los hombres, sin excepción, y de la que muy pocos escriben pues, siendo compacta es a veces precisa y otras injusta...
Si cada hombre escribiese la historia, como sólo él la comprende, ella no existiría. Se crearían mundos con caminos oblicuos. Cesaría el paralelismo. Se cruzarían tantos intereses como seres hubiera en el mundo. Moriría el arte. Sólo quedaría el mundo real. El material. No habría nada de qué hablar. Nada para crear. Acudiría el ocaso de la imaginación. Se terminaría la vida, se destruiría la fe, se evaporaría el alma, desaparecería Dios.
viernes, 14 de mayo de 2010
Nocturnos, en clave de ausencia
Vigésimo cuarto nocturno
Jugar con las llamas. Aprender a no quemarse. Experiencias. Antifaz de los errores. Desencuentros. Bultos pesados arrojados lejos por temor. Con desconfianza de que alguien los encuentre y nos lo tiren en contra. Pero... hay un hito de belleza. De misterio. Inolvidable. Capaz de revelarlo todo.
Rocío. Lágrimas de luna robadas a una estrella. Coalición del hombre con la Creación. Arrebatarle una rosa al rosal. Moverle los átomos al universo. Desordenarle el cosmos a Dios.
Jugar con las llamas. Aprender a no quemarse. Experiencias. Antifaz de los errores. Desencuentros. Bultos pesados arrojados lejos por temor. Con desconfianza de que alguien los encuentre y nos lo tiren en contra. Pero... hay un hito de belleza. De misterio. Inolvidable. Capaz de revelarlo todo.
Rocío. Lágrimas de luna robadas a una estrella. Coalición del hombre con la Creación. Arrebatarle una rosa al rosal. Moverle los átomos al universo. Desordenarle el cosmos a Dios.
miércoles, 12 de mayo de 2010
Nocturnos, en clave de ausencia
Vigésimo tercer nocturno
No sé si es correcto sentirlo así, pero ¿quién puede discutirlo? Hoy, a mi terapeuta mientras anotaba la fecha y mi nombre en su cuaderno de notas le dije: “llegué caminando... la mañana está linda para caminar.” Ella me miró, se sonrió y arrojó con suavidad la lapicera arriba de la página en la que anota algunas cosas que, supongo, tendrán que ver con mis rayones. Como seguía sin decir nada le conté lo que había venido pensando en mi caminar, despreocupado, hasta el consultorio. Le dije: “Vea, yo no creo en la edad.” Me miró y preguntó a qué se debía esa conjetura. “No sé, ¿por qué?” y continué, “cumplí sesenta y seis años y el menor de mis amigos soy yo”. Ella siguió mirándome, escuchando, sin escribir nada; en realidad no buscaba que lo hiciera porque lo que le decía lo interpreté como algo fuera del contexto de mi sesión de ese día. Un comentario, al final de cuentas, sin importancia. Pero como se hizo una pausa un poco larga continué: “Se me ocurre que todos nosotros, los que somos más viejos debemos de tener en los ojos algo de pibes; aunque los pibes, cuando nos observan con detenimiento, a mí me parece, que lo hacen como si fuésemos ancianos.” Ella reaccionó diciendo: “A ver, a ver, ¿cómo es eso?”. “Qué sé yo, - continué diciéndole - ¿usted, no vio que los pibes en las escuelas se refieren a los profesores nombrándolos, por ejemplo, como el viejo de historia o la vieja de física...?” Ella se rió como si lo mío fuera una ocurrencia tonta. Eso me molestó, por lo que le dije: “Mire no se ría porque usted tiene menos de cuarenta y mi nieto cuando se refiere a usted, como su docente en la escuela, le dice la vieja del gabinete”...
La cuestión es que no escribió nada en mi hoja y me dio una explicación del asunto, por ahí, quizás freudiana mezclada con algo del Gestalt - supuse yo en mi ignorancia - que me dejó como preparado para que pensara en cualquier otra pavada de regreso a mi casa. Le pagué la sesión y cuando salí del consultorio repetí, para mis adentros, que yo seguía en lo mismo; que no creía en la edad y que mis amigos tenían razón en eso de que los sicólogos no te resuelven nada, simplemente uno paga un espacio en el que podés decir lo que mejor se te ocurra relacionado con vos mismo y que eso es lo que te ayuda a curarte de algunos rayones... En fin.
El tema es que no habría caminado más de cinco cuadras cuando, al cruzar la calle, un pibe que circulaba en bicicleta y en contramano casi me sienta de traste. Encima el mocoso me gritó: “¿por qué no mirás por dónde caminás, viejo de mierda?” Pensé en mandarlo a la put..., pero me contuve. Quizás la sesión de terapia, aunque no la había entendido muy bien, me habría servido de algo... Digo, no más, ¿no?
No sé si es correcto sentirlo así, pero ¿quién puede discutirlo? Hoy, a mi terapeuta mientras anotaba la fecha y mi nombre en su cuaderno de notas le dije: “llegué caminando... la mañana está linda para caminar.” Ella me miró, se sonrió y arrojó con suavidad la lapicera arriba de la página en la que anota algunas cosas que, supongo, tendrán que ver con mis rayones. Como seguía sin decir nada le conté lo que había venido pensando en mi caminar, despreocupado, hasta el consultorio. Le dije: “Vea, yo no creo en la edad.” Me miró y preguntó a qué se debía esa conjetura. “No sé, ¿por qué?” y continué, “cumplí sesenta y seis años y el menor de mis amigos soy yo”. Ella siguió mirándome, escuchando, sin escribir nada; en realidad no buscaba que lo hiciera porque lo que le decía lo interpreté como algo fuera del contexto de mi sesión de ese día. Un comentario, al final de cuentas, sin importancia. Pero como se hizo una pausa un poco larga continué: “Se me ocurre que todos nosotros, los que somos más viejos debemos de tener en los ojos algo de pibes; aunque los pibes, cuando nos observan con detenimiento, a mí me parece, que lo hacen como si fuésemos ancianos.” Ella reaccionó diciendo: “A ver, a ver, ¿cómo es eso?”. “Qué sé yo, - continué diciéndole - ¿usted, no vio que los pibes en las escuelas se refieren a los profesores nombrándolos, por ejemplo, como el viejo de historia o la vieja de física...?” Ella se rió como si lo mío fuera una ocurrencia tonta. Eso me molestó, por lo que le dije: “Mire no se ría porque usted tiene menos de cuarenta y mi nieto cuando se refiere a usted, como su docente en la escuela, le dice la vieja del gabinete”...
La cuestión es que no escribió nada en mi hoja y me dio una explicación del asunto, por ahí, quizás freudiana mezclada con algo del Gestalt - supuse yo en mi ignorancia - que me dejó como preparado para que pensara en cualquier otra pavada de regreso a mi casa. Le pagué la sesión y cuando salí del consultorio repetí, para mis adentros, que yo seguía en lo mismo; que no creía en la edad y que mis amigos tenían razón en eso de que los sicólogos no te resuelven nada, simplemente uno paga un espacio en el que podés decir lo que mejor se te ocurra relacionado con vos mismo y que eso es lo que te ayuda a curarte de algunos rayones... En fin.
El tema es que no habría caminado más de cinco cuadras cuando, al cruzar la calle, un pibe que circulaba en bicicleta y en contramano casi me sienta de traste. Encima el mocoso me gritó: “¿por qué no mirás por dónde caminás, viejo de mierda?” Pensé en mandarlo a la put..., pero me contuve. Quizás la sesión de terapia, aunque no la había entendido muy bien, me habría servido de algo... Digo, no más, ¿no?
Nocturnos, en clave de ausencia
Vigésimo segundo nocturno
Cotidianamente refunfuña un muchacho, vecino de mi barrio, que no comprende por qué algunos, o la mayoría a veces, malgastan tanto el tiempo en nuestros días buscando el secreto de la vida cuando la respuesta es tan fácil. Para él el secreto de la vida está en el arte. Eso sí; no sólo es poeta, también pinta. Sus padres, a pesar de sus treinta y tanto de años, aún lo mantienen; la semana anterior le cambiaron el auto.
Cotidianamente refunfuña un muchacho, vecino de mi barrio, que no comprende por qué algunos, o la mayoría a veces, malgastan tanto el tiempo en nuestros días buscando el secreto de la vida cuando la respuesta es tan fácil. Para él el secreto de la vida está en el arte. Eso sí; no sólo es poeta, también pinta. Sus padres, a pesar de sus treinta y tanto de años, aún lo mantienen; la semana anterior le cambiaron el auto.
martes, 11 de mayo de 2010
Nocturnos, en clave de ausencia
Vigésimo primer nocturno
Callar. Manera de regañarle a las reflexiones.
Reflexionar. Combinar lo que se observa con lo que se escucha.
Dudar. Guardar los pensamientos.
Vivir. Aprender a hablar después de callar, reflexionar y dudar.
Incertidumbres. Pequeñeces que se arraigan. Que se llevan desde la niñez. Conflicto con lo desconocido. Tristezas que se avecinan a las reprimendas.
Retos, regaños y celos, que nos recluían en un rincón. Que nos hacían maquinar una historia. Una novela. Novelón profundo que aceleraba el brote de las lágrimas y los sollozos.
Reprimendas justas o injustas. Tristezas que hacían imaginar cosas... Que me escaparía. Que los años pasarían. Que viviría miserablemente. Que algún día volvería tocando a la puerta de mi casa y mamá no me reconocería. Que...
¡Bah! El momento pasaba y la penitencia se diluía en la sopa de la cena. La incomprensión se disolvía en el sueño reparador del imaginario recorrido por tantos caminos desconocidos. Una cama acojinada no sólo por sábanas y frazadas. Más bien, abrigada por el dulce beso del hasta mañana. Beso que, en la frente, nos daba mamá.
Callar. Manera de regañarle a las reflexiones.
Reflexionar. Combinar lo que se observa con lo que se escucha.
Dudar. Guardar los pensamientos.
Vivir. Aprender a hablar después de callar, reflexionar y dudar.
Incertidumbres. Pequeñeces que se arraigan. Que se llevan desde la niñez. Conflicto con lo desconocido. Tristezas que se avecinan a las reprimendas.
Retos, regaños y celos, que nos recluían en un rincón. Que nos hacían maquinar una historia. Una novela. Novelón profundo que aceleraba el brote de las lágrimas y los sollozos.
Reprimendas justas o injustas. Tristezas que hacían imaginar cosas... Que me escaparía. Que los años pasarían. Que viviría miserablemente. Que algún día volvería tocando a la puerta de mi casa y mamá no me reconocería. Que...
¡Bah! El momento pasaba y la penitencia se diluía en la sopa de la cena. La incomprensión se disolvía en el sueño reparador del imaginario recorrido por tantos caminos desconocidos. Una cama acojinada no sólo por sábanas y frazadas. Más bien, abrigada por el dulce beso del hasta mañana. Beso que, en la frente, nos daba mamá.
lunes, 3 de mayo de 2010
Nocturnos, en clave de ausencia
Vigésimo nocturno
¡Bah!... ella contó un imposible. ¿Dijo que lavó sus pies hinchados de oscuridad caminando descalza por la costa del río...? ¿Y que enceguecida por las luces no pudo ver cómo allá, detrás del puente, vergonzosamente escondida de la luna se suicidó una estrella? ¡No,...! claro que dudé, porque cuando está por comenzar la primavera nuestra noche apenas canta, enceguecida amante y desnuda, afinando sus cuerdas de estelas con el diapasón del frío del invierno que huye... Luego... después limpia su cuerpo bajo las lágrimas de los sauces... Por lo menos, así sucede en estos pagos...
¿En el mar? ¡Qué sé yo qué pasa con la noche en el mar...! Supongo que camina o nada por las profundidades del océano cantando afinados impromptus de sirenas... esos que le componen las olas a las Alfonsinas. ¡Mirá qué preguntas hacés...!
¡¿Aquí?!
Aquí, por lo visto, solamente se suicidan estrellas en un río ásperamente arcilloso y,... en fin. También eso tiene su belleza, ¿no?
¡Bah!... ella contó un imposible. ¿Dijo que lavó sus pies hinchados de oscuridad caminando descalza por la costa del río...? ¿Y que enceguecida por las luces no pudo ver cómo allá, detrás del puente, vergonzosamente escondida de la luna se suicidó una estrella? ¡No,...! claro que dudé, porque cuando está por comenzar la primavera nuestra noche apenas canta, enceguecida amante y desnuda, afinando sus cuerdas de estelas con el diapasón del frío del invierno que huye... Luego... después limpia su cuerpo bajo las lágrimas de los sauces... Por lo menos, así sucede en estos pagos...
¿En el mar? ¡Qué sé yo qué pasa con la noche en el mar...! Supongo que camina o nada por las profundidades del océano cantando afinados impromptus de sirenas... esos que le componen las olas a las Alfonsinas. ¡Mirá qué preguntas hacés...!
¡¿Aquí?!
Aquí, por lo visto, solamente se suicidan estrellas en un río ásperamente arcilloso y,... en fin. También eso tiene su belleza, ¿no?
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