jueves, 22 de mayo de 2014

Nocturnos, en Clave de Ausencia
Octagésimo octavo nocturno
Un relato de ábacos, estaciones y círculos

Los años pasaron sin darle demasiada importancia al transcurso del tiempo; pero ahora que los sopapos duelen más de lo que jamás imaginé escucho algunas resonancias. Ecos extraños que, sin dudas, tienen que ver con esa extraña mixtura de errores y virtudes que dejé desperdigadas en los innumerables barrios por donde caminé sin darme cuenta de que pincelaban distintas historias y realidades.

Dejé olvidado, vaya a saber en qué rincón de esquina, el ábaco del tiempo. Ha de haber sido un escondite de esos que mantiene tibio el sol en la primavera. Al percatarme de que el verano había pasado y falto de memoria no podía retroceder a hacerme de nuevo con el contador y decidí seguir por el atajo en el que las hojas amarillas del otoño corren a favor del viento. Fue justamente en ese momento, y algo cansado de caminar, cuando entré en el negocio llamado de la vida a comprar un tablero nuevo con menos esferas que el que había dejado olvidado sin percibir que, en realidad, no las podría mover con rapidez porque eran pesadas ya que, sumadas, tenían tanta masa como yo. La cuestión es que al invierno, con suerte, le sigue otra primavera y la vida puede simbolizarse en círculos en los que todos los puntos se unen concéntrica y espiraladamente hacia el lugar donde se apoya la punta del compás; y ahí, en el plano del papel, está el  agujero por donde uno se cae, indefectiblemente, al infierno del Dante… y, bueno; por lo visto, la vida puede terminar siendo un gran paso a la “Divina Comedia”.

Cuando sonó el despertador dejé el sueño y entré en la pesadilla del día sin darle demasiada importancia a la estación del año que me despabilaba. Desayuné frugalmente, me despedí con un beso de mi mujer, y salí a la calle con esa loca idea de que los años pasaron sin darle demasiada importancia al transcurso del tiempo; pero ahora que los sopapos duelen más de lo que jamás imaginé escucho algunas resonancias. Ecos extraños que, sin dudas, tienen que ver con esa extraña mixtura de errores y virtudes que dejé desperdigadas en los innumerables barrios por donde caminé sin darme cuenta de que pincelaban distintas historias y realidades.

Mezclado, sin quererlo, en un piquete llegué a la estación del ferrocarril y ahí descubrí que me habían robado el celular y cien mangos; los gremios terminaban de declarar un quite de colaboración en reclamo de mejoras por lo que los trenes circularían con un atraso de más de dos horas y la put… justamente era mi último día de trabajo… al día siguiente sería un jubilado más de este bendito y vapuleado país.

Mejor habría sido seguir durmiendo, soñando, ¿no?

lunes, 12 de mayo de 2014

 Nocturnos, en Clave de Ausencia
Octagésimo séptimo Nocturno


La Ninfa


Ella baila en enaguas, sin corpiño y descalza, por la costa del río. Él, espiándola oculto en las sombras nocturnas, la ensobra en los remiendos de la noche y la esconde desnuda bajo su almohada. Sueña y le place sentirla anclada en sus entrañas. La aurora la arranca de la cama y, disimulada en la profundidad de un beso, huye velada hacia la tosca del río.

martes, 12 de noviembre de 2013

Nocturnos, en Clave de Ausencia

Octagésimo sexto Nocturno

Al lado de los sueños, en tiempos de hojas se arremolinan los otoños... qué sé yo...

jueves, 5 de septiembre de 2013

Nocturnos, en Clave de Ausencia
 Octagésimo quinto Nocturno


Ensayo
En un ensayo científico - que publiqué hace algunos años y titulé “Cronos, Cosmos y Análisis” - escribí:
…“alguien le preguntó al otro:
- ¿Por qué caminás siempre tan despacio? ¿Para evitar la fatiga?
El otro respondió:
- Camino despacio para que el alma siempre esté más allá de mi cuerpo”…
            Esto se dio cuando descubrí (y puede demostrarse físico-matemáticamente pero no es el propósito hacerlo) que cuando “alguien” ve, a cierta distancia, cruzando una calle al “otro”, éste hará un ínfimo tiempo que se encuentra más allá del sitio en el que aquél lo ubica (el caso puede darse, por lógica, recíprocamente). Las conclusiones pueden ser variadas y para todos los gustos pero nadie puede desechar la idea por no válida (pues ignoraríamos los principios de la mecánica de Galilleo, Newton y Einstein).
            Hoy, a propósito, cuando pienso en la vida transcurrida más que en la ciencia aprendida; doy en cuenta que, faltándome tantos seres amados, acepto las lágrimas de acíbar derramadas por todas las palabras que no dije y la sarta de cosas que me quedaron sin hacer…
Qué sé yo… aunque… ¡¿por qué habré encontrado y releído éste ensayo?!... mi cabeza no para, ¡y no para!; tanto como no se detienen el “alguien” y el “otro”…





lunes, 18 de febrero de 2013

Nocturnos, en Clave de Ausencia

Octagésimo cuarto Nocturno

De silencios y bajos


(Pintura de la artista marplatense Susana Roldán)


Tiene asumido, a su altura de la vida, que lo realmente sustancial de la música son los silencios.

Ciertamente, melodía, armonía y ritmo no tendrían razón de ser y cualquier forma musical caería, intrascendente, en oídos sordos y sacos rotos si no fuese por esos diminutos y precisos garabatos que, intercalados y bien usados entre las notas, aparecen en el pentagrama.

¿Y los bajos, ¡esos sonidos que barajan el espíritu de los melómanos!?

¡Ah!, ¡los bajos que tan bien manejaba con sus dedos largos y fuertes de la mano izquierda!

Ahora experimenta algo diferente. Los graves, como pequeños gnomos, se le esconden en el teclado amarillento del piano que envejeció a su par.

Al viejo pianista le tiembla, añosa, la zurda y se empecina en reunir los sonidos más agudos que la diestra, aún ágil, le roba a los martillos que golpean las cuerdas. El oído, algo duro, le juega malas pasadas y no logra escuchar los yerros ni las ausencias de bajos… pero se conforma, a sus años, mirando las flores que, arriba del piano, solitarias asumen que lo sustancial de la música son los silencios.

lunes, 4 de febrero de 2013

Nocturnos, en Clave de Ausencia

Octagésimo tercer Nocturno
Joaquina 
Aprendí que el pasado solo hay que recordarlo cuando se puede aprender de él; en caso contrario más vale dejarlo guardado en los bolsillos profundos de la noche para evitar el insomnio.

Esta es una historia que puede ser mía, aunque ha pasado tanto tiempo que, en fin… no importa demasiado en realidad. Las épocas galopan desmedidamente y, por ahí, se es tan rico en historias y mentiras que uno termina creyendo que lo que imagina es parte de su propia sustancia. La escribiré en primera persona, porque quizás tenga mucho de universalidad.
“Se llama Joaquina (nombre de origen hebreo que significa a la que Dios le da firmeza en su vida) y vive en Pozzuoli (Nápoles). Nos conocimos por allá cuando éramos muy jóvenes. Yo, un estudiante poco convencido de lo que mis padres me habían enviado a estudiar, y ella una gringuita hermosa, aplicada, de esas de 9,92 de promedio y del cuadro de honor. Hija del Vicecónsul italiano, un pelado de esos que te tratan bien y hablan enredado mientras te estudia de pies a cabeza. Celoso el hombre, demasiado para mi gusto en aquellos tiempos, muy parecido a lo que fui yo con mi hija quien siempre me hizo recordarla”.
“¡Joaquina! La encontré en facebook y me desarmé. Tardé mucho en decidirme a solicitarle amistad por temor a que no me recordara; al final lo hice y se acordó muy bien de aquel pibe argentino que…”
“Comenzaba la década de 1960, ya casi egresados de la secundaria. Las reuniones familiares en las que bailábamos al son de los discos de Elvis Presley y Pat Boone, mechados entre los tangos que se iban perdiendo, nos barajaban en un mazo afortunado de jóvenes aún inocentes y enamoradizos. Joaquina y yo nos mirábamos en esas fiestas con ese algo especial que solo ocurre entre dos que se gustan y atraen. Bailar con ella era lo más hermoso que podría pasarme. Una tardecita de aquellas se me ocurrió decirle la verdad, que me gustaba mucho, a lo que ella respondió dándome un beso en la mejilla y apretándome fuerte contra su cuerpo me susurró que yo a ella también. Así comenzó todo. Caminatas a las siestas tomados de la mano en dirección al río, sentarnos a charlar y hacer planes en los bancos de la Plaza Italia, uno que otro beso robado a las sombras tempranas de la noche camino a su casa y… pasaron un par de años observados por ese pelado atravesado que, ahora que pasó el tiempo, me doy cuenta de muchas realidades que no contábamos en aquellos tiempos. La cuestión es que en una tarde lluviosa, subidos al colectivo que unía un extremo con el otro de la ciudad, Joaquina me confesó que sus padres regresaban llevándosela a Nápoles. Aún recuerdo aquello y un puño desmedidamente agudo y arrítmico me sigue galopando en el pecho. Como dos criaturas nos largamos a llorar aumentando con nuestras lágrimas el grosor de las gotas de aquella fina lluvia que empapaba la ventanilla. Apenas nos quedaban veinte días para la partida y prometimos vivirlos intensamente y lo hicimos, juro que lo hicimos, y hoy sé que ninguno de los dos nos hemos arrepentido de haberlo hecho… siempre hay una primera vez inexperta, profunda pero dulce que quizás no enseñe lo que pretendemos que nos muestre… pero existe, pasó y… el pasado solo hay que recordarlo cuando se puede aprender de él; en caso contrario más vale dejarlo guardado en los bolsillos profundos de la noche para evitar el insomnio”.

Mar del Plata, 17 de enero de 2013.

domingo, 3 de febrero de 2013

Nocturnos, en Clave de Ausencia

Octagésimo segundo Nocturno 
Amores de antaño

No sé por qué pero, en general, ocurre que los tontos ven un jardín bello en el sitio que un sabio presiente un abismo…
Sebastián, mañanas tras días, salía a la puerta de su casa para ver pasar a su vecina, prometedora y hermosa.
Leonardo, también enamoradísimo de Fabiana, competía con Sebastián.
El cuerpo de Fabiana parecía florecer cuidadosamente cultivado semana a semana. Sebastián perdía su mirada acompasada en la cadencia de la cintura de la chica, mientras que Leonardo zambullía y bañaba sus ojos en el escote bajo el que ella ocultaba sus senos.
La joven clavaba los ojos a cada uno de los acalorados mirones y, tras una dulce y provocativa sonrisa, los muchachos quedaban mirándose el uno al otro cuando doblaba en la esquina.
Se hacía tedioso esperar por quién se decidiría Fabiana, aunque quizá fuese por ninguno de los dos.
Sebastián y Leonardo no se percataron que a la vuelta, Manuel, un tipo también joven pero mayor que ellos, espera con beneplácito a la joven y juntos marchaban de gran charla hacia el centro de la ciudad en esas mañanas de verano. Mientras esto sucedía, los chicos se metían en sus casas a preparar los bártulos y se iban a pasar el día en la pileta del club. De todos modos, aunque competían por Fabiana, eran amigos del barrio y tenían juntos sus correrías de jóvenes. Ella ya no iba a nadar ahí y si lo hacía era, al bajar el sol, con sus padres cuando los muchachos andaban paveando por el centro.
La cuestión es que un día, comenzando el otoño, Fabiana se acercó a Sebastián y también llamó a Leonardo. Les dijo que se mudaba a otra, muy importante, ciudad porque a su padre lo trasladaron del trabajo. Ahí iba a estudiar en la facultad y sería profesional. Le dio un tremendo beso a cada uno y diciéndoles adiós con un gestito puntual desapareció de la vida de los muchachos.
Cuenta hoy Manuel, después de muchos años de aquello, que los chicos y él siguieron, superada la decepción, cada cual con su vida.
Fabiana es odontóloga, se casó con Pedro y tiene tres hijos varones; el nombre del mayor es Manuel y, a los mellizos, los llamó Sebastián y Leonardo. Supuestamente, a Pedro le correspondió elegir el nombre de las nenas…
No sé por qué pero, en general, ocurre que los tontos ven un jardín bello en el sitio que un sabio presiente un abismo…

Nocturno, en Clave de Ausencia

Octagésimo primer Nocturno
Proverbio japonés

Un amigo japonés de mis años más jóvenes decía: “mejor que mil días de estudio es un día con un gran maestro”. No sé qué fue de él, ya que no lo volví a ver, pero por mi parte continúo buscando a ese maestro que, como suceden muchas cosas en la vida, puede que lo haya encontrado y no lo reconocí como tal. Nunca es tarde para probar suerte si bien no le doy demasiado crédito, a esta altura de mi vida, al azar y por costumbre sigo estudiando…
Esa mañana salí contento y rápido del supermercado que está a una cuadra de mi casa, casi no tuve que hacer cola en la caja para pagar las ofertas del día. Caminé hasta  mi perro, que había dejado atado al caño enterrado en la vereda y que ostenta el cartel “No Estacionar”, lo acaricié y me distraje con él por un momento. Para esto estacioné el changuito - que mi mujer consiguió de oferta en la feria comunitaria del barrio - con todo lo que había comprado, pegado a la puerta de acceso al local. ¡Ay!... ¡Cuando me di cuenta de que un hijo de la gran puta me había afanado el chango!… Puteando, como hacía rato que no puteaba, miré para todos lados y ¡nada!; se lo había tragado la tierra. ¡Encima pegaban fuerte en mi bolsillo las seis botellas de torrontés que pagué al precio de cinco! Me acaricié la cabeza – en la tarde del día anterior pedí a mi nuera, peluquera aficionada, que me pasara “la cero” para que el corte de jubilado durara mes y medio - y los pelitos me pinchaban la palma de la mano derecha (con la izquierda sostenía al perro) dándome una sesión calmante de acupuntura. Un hombre, elegantemente vestido, se acercó y preguntó qué estaba pasando. Le conté que me habían robado a lo que respondió con las trilladas frases: “Qué barbaridad, cómo se vive hoy en día. Hay que cuidarse con todo y de todos”. No sirvió de mucho el comentario pero, en fin, el tipo había mostrado al menos un gesto de preocupación al verme tan enojado como estaba. Sostenía fuertemente un sobre grande de cuero y dijo: “Ud. disculpe; sé que está preocupado por lo que le pasó, pero ¿no sabe de alguien que quiera comprar una Notebook completita y con muy poco uso?” Le respondí que no tenía la más pálida idea. El hombre siguió diciendo: “Mire, la tengo aquí”. Abrió el sobre mostrando un hermoso equipo. En realidad la unidad se veía enterita y cuidada. Enseguida la guardó. “Y, ¿cuánto pide Ud.?”, le pregunté. “La vendo de apuro… por mil doscientos mangos la largo”, contestó. Esperé un rato, lo miré a los ojos y al parecer esperaba una oferta de mi parte. “Le doy mil”, le dije. El tipo meneó ligeramente la cabeza y preguntó: “¿Los tiene Ud.?” Le respondí que encima no, pero que si aguardaba un momento iba hasta el cajero automático del Banco, a una cuadra, y se los traía. Medio dudó, pero después dijo: “Bueno, déle, lo espero. Déjeme al perro, se lo cuido”. Primero titubeé, pero después le vi cara de honesto y acepté la propuesta.
Dejé al pobre perro con el hombre y fui hasta el Banco, extraje del cajero los mil pesos y regresé rápidamente. Al verme llegar sonrió y dijo: “No se va a arrepentir, va a ver. Es una pichincha y me hace un gran favor. Aparte recupera más de lo que perdió con el robo del changuito, ¿no le parece?”. Asentí, le pagué y el tipo me entregó el sobre de cuero y al perro que, contento, movía la cola. Tras darme una suave palmada se fue caminando, sin mayores apuros, guardándose los diez billetes de cien pesos en el bolsillo del pantalón. Quedé mirándolo hasta que despareció al doblar en la esquina. “Bueno, no hay mal que por bien no venga” le comenté al chicho y juntos nos fuimos para mi casa.
Entré y mi mujer estaba esperando preocupada. Me preguntó con pocas pulgas: “¿Dónde te quedaste?” Por ahí se dio cuenta de que había vuelto sin el changuito y siguió: “¿Y lo que te encargué?”. “Me robaron el chango con todo lo que compré y la puta madre que lo parió”; me apuré a responderle. “¿Cómo que te robaron las cosas?”, dijo, y continuó: “¡Seguramente las dejaste solas y te pusiste a pavear con el perro!” No le contesté y mientras seguía rezongando salí al patio a soltar al chicho. Dejé el sobre de cuero arriba de la mesada de la parrilla y entre tanto mi mujer se hacía oír diciendo: “¡¿Qué habrá traído en ese sobre de cuero?!… Mejor me voy porque si no lo mato. No se le puede mandar a hacer nada, ¡por Dios! ¡Espero que no haya gastado, sin consultarme, en alguna porquería inútil de esas que siempre se le ocurre!”… y salió a la calle. Cuando estuve seguro de que no regresaría abrí, entusiasmadísimo, el sobre y grande fue mi sorpresa cuando en su interior encontré un montón de panes de jabón de tocador muy compactamente arregladitos que perfumaban el aire de alrededor…
“¡¡¡Ay, ay, ay; tragáme tierra…!!!”, grité, acordándome de aquel amigo japonés y su proverbio: “mejor que mil días de estudio es un día con un gran maestro”.

Mar del Plata, 02 de Febrero de 2013.

Nocturnos, en Clave de Ausencia

Octagésimo Nocturno
Rasantiago-jo y Richi-ji
(Para todos mis nietos y cada chico de este mundo).
(A la docente zarateña Judith Monteiro que tanto usó este cuento con sus alumnos).            ...
...Una plaza, el verde de las plantas bajo un cielo celeste y los vivos colores de las flores. El canto de los pájaros y el rumor de las voces de quienes se columpiaban al son de las ráfagas del viento que improvisaban un embudo con la tela...
Una tela marchita y olvidada en ese banco de piedra.
Quizás una tela arrojada a propósito para que él y sólo él, vaya a saber por qué, la encontrara.
El dibujo era lindo. Sólo bastaría pintarlo. En el reverso se explicaba una manera de hablar diferente. Se anteponía la sílaba ra, re, ri, ro, ru y se terminaba con ja, je, ji, jo, ju, a todas las palabras. Por ejemplo, su nombre Santiago se pronunciaría Rasantiago-jo, caramelo se diría racaramelo-jo. Debía prestarse mucha atención a la primera y ultima vocal. Los monosílabos, salvo que fueran un nombre propio, no sufrían ninguna modificación. Riquiero-jo ir a rujugar-ja, significaría quiero ir a jugar.
Entusiasmado, Santiago llevó el dibujo a su casa y sin perder un sólo momento lo cubrió de pálidos colores, porque algo en su interior se lo hacía ver así.
Su obra había quedado rara, o más bien extraña, aunque la sentía hermosa.  Era un camino amarillo rodeado de un prado ceniciento que se perdía en el ocaso mientras que el sol se ensobrara pálidamente en el horizonte.
Se quedó mucho, pero mucho tiempo observando su obra apoyada en el atril.
El tiempo pasaba y pasaba zambulléndose en Santiago hasta que él mismo se ahogó en el seno de sus pensamientos. De pronto...
¡De pronto se encontró caminando por ese polvoriento y amarillo camino, rodeado de un prado color ceniza sosteniendo un pálido atardecer!
Se sintió feliz... Sí, ¡feliz y libre!
Giró sobre sí mismo y contempló el paisaje. No muy lejos divisó un montón de cosas que parecían árboles y enfiló hacia ahí.
Mientras caminaba, alguien a sus espaldas lo llamó:
- ¡Rasantiago-jo! - Sorprendido se detuvo y dio la media vuelta.­ ¡Rasantiago-jo!
Una figura que no sobrepasaba la altura de sus rodillas corría hacia él.
- No retemas-ja. Soy Richi-ji - Le dijo la criatura sonriendo - Te reesperaba-ja, redesde-je rahace-je un ritiempo-jo.
Santiago se dio cuenta de que la criatura hablaba como estaba escrito en la parte de atrás de su dibujo. Con alegría y satisfacción comprendió que se llamaba Chi y le preguntó:
- ¿Rodónde-je reestoy-ji?
- Raaquí-ji en la ritierra-ja. En el raaño-jo rodosmil-ji riciento-jo resesenta-ja y roocho-jo.
- ¡Oh! ¿En qué rulugar-ja?
- En la ritierra-ja.
- Sí, reestá-ja bien. Repero-jo ¿rodónde-je reestán-ja las riciudades-je?
- No hay riciudades-je.
-¿Por qué?
- Se redestruyeron-jo en la reguerra-ja.
- ¿En qué‚ reguerra-ja?
- ¡En la runuclear-ja!
- ¿Rucuánto-jo rahace-je?
- Rumuchos-jo raaños-jo.
- Repero-jo ¿rodónde-je rivivís-ji?
- En el robosque-je de ratataques-je.
- ¿De ratataques-je?
- Sí; raárboles-je rigigantes-je - Señaló en el sentido por donde caminara Santiago cuando él se le acercó- Raaquellos-jo. ¿Ves? Ven, ravamos-jo.
Se tomaron de la mano y caminaron de prisa hacia el bosque de "tataques". A lo lejos brincaba un animal muy parecido a un caballo. Fue entonces que Santiago preguntó:
- ¿Qué raanimal-ja es reese-je?
- ¡Ah! Un racaba-ja. Rocomo-jo el racaballo-jo de rahace-je rumuchos-jo raaños-jo raatrás-ja.
Mientras se acercaban  al bosque y a medida de que se hacía la noche vieron muchos animales. Entre ellos, un zor, un per, un ga, supuestos descendientes del zorro, del perro, del gato... Pájaros y muchas clases de aves. Todos animales parecidos a los que conocía Santiago, pero más pequeños, hechos para el mundo de Chi.
En ese idioma raro, pero tan pintoresco, mientras se apresuraban para que no los cercara la noche, Chi contó cosas que habían sucedido durante muchos años atrás. Habló del hombre, los ascendientes del hom o personas como él. Conversó sobre un egoísmo que llegó a ser tan, pero tan deplorable que el sano juicio desapareció por completo. Dijo que se perdió toda forma de pudor dominando al mundo la materia y los caóticos fantasmas de las pesadillas del dinero, del éxtasis vertiginoso de la droga y de la mortal turbación que produce el poder... Se crearon armas cada vez más y más poderosas, sustancias que producían las más aberrantes confusiones... Se destruyó el medio ambiente y el hombre se desconoció y despreció a sí mismo...
Habían ya casi llegado a los primeros “tataques” cuando Chi contaba de un antepasado suyo, un gran hombre. Un artista que había dibujado un sueño en el que bosquejó un paisaje del futuro; pero, según cuentan, jamás le llegó a dar color. La guerra no permitió que lo pintara...
Santiago interrumpió para preguntarle a Chi sobre qué cosas habían quedado de aquella época que, en realidad, eran parte de su propio tiempo.
- Ranada-ja. -Respondió Chi. - Ruhubo-jo, rahasta-ja que raaprender-je a raamar-ja.
- ¿Y rocómo-jo se rupuede-je reevitar-ja que reeso-jo rusuceda-ja?
- No redejando-jo que se ripierda-ja el raamor-jo. Ravalorando-jo y rucuidando-jo las rocosas-ja risimples-je de la rivida-ja...
Penetraron la arboleda y en ella había muchas criaturas como Chi. Todas sonreían. Todas demostraban paz.
Compartieron la comida y aunque aparentaba rara, Santiago no preguntó qué era ni cómo estaba hecha. A pesar de todo gustaba bien.
Encendieron fuego  y el ambiente se sintió tibio.
Cantaron, rieron y bailaron.
Santiago se encontró a gusto y aunque no vio las estrellas, porque el bosque era frondoso, las sintió sobre su cabeza.
La noche lo indujo a dormir y cuando despertó, en la mañana, todos se ocuparon de él.
Desayunó con algo parecido a la leche y le parecía como si no existiera el tiempo. Sólo tenía noción de espacio.
Chi se le arrimó y lo invitó a correr al prado. Salieron del bosque y mientras corrían y jugaban, sobre un conjunto de arbustos multicolores, algo conocido para Santiago se posó en una flor. Era una mariposa. ¡Una mariposa como las de su tiempo!
- Qué es reeso-jo? -Preguntó Chi extrañado.
- Ruuna-ja ramariposa-ja -Le respondió Santiago.
- ¿La rereconocés-je?
- Sí.
Santiago tomó al animalito suavemente entre sus manos y con emoción miró a Chi, quien con lágrimas en los ojos dijo:
-Rucuidála-ja Rasantiago-jo... ¡Por rafavor-jo, rucuidála-ja!
Fue en ese justo momento en que el suelo, la tierra misma, comenzó a vibrar... ¡Un gran terremoto se avecindaba!
­ Rocomo-jo rupuedas-ja, reescapáte-je... Reésta-ja es la reherencia-ja que nos redejó-jo la ruúltima-ja reguerra-ja. Por rafavor-jo reevitála-ja. ¡Rasaltá-ja raafuera-ja del rucuadro-jo! ¡Rerregresá-ja a tu ritiempo-jo! ¡Raamigo-jo!... ¡Raadiós-jo Rasantiago-jo!
Santiago lo miró con miedo, pero Chi sonreía.
- ¡Raandáte-je! ¡Yo reestaré-je bien te lo roprometo-jo! ¡Raadiós-jo! - Y la criatura se despidió corriendo; tambaleándose al compás de los temblores…
De pronto Santiago se encontró nuevamente en su dormitorio y, con las manos suavemente unidas, ¡miró su pintura!
Sintió un suave cosquilleo en sus palmas y, entreabriendo los dedos, algo se escapó volando buscando la luz. Rápidamente abrió la ventana, miró el cielo azul, los hombres de la calle, el verde de los  árboles y el rojo de una rosa que, en un pétalo albergaba a una mariposa...
Levantó incomprensiblemente sus pequeños brazos dejándose escapar en su espacio, volvió a mirar la pintura y gritó, tras un sollozo, angustiado:
-¡Te lo prometo, amigo...! ¡Te lo aseguro, Chi...!
La mariposa entró despreocupadamente, dibujando firuletes en el perfumado aire de la habitación de Santiago, se posó en el cuadro y...
Y quedó pintada, románticamente viajera, en el espacio y el tiempo...
...
[Zárate, Agosto de 1992 - Actualizado en Mar del Plata en Agosto de 2012]                                        

Nocturnos, en Clave de Ausencia

Septuagésimo noveno Nocturno

Un misterio de barrio:

Fue en mis tiempos de pibe que conocí a Angélica, una vecina a la que los chicos del barrio respetábamos mucho. Nos contaba historias fantásticas. Entre tantas nos contó que, en la manzana, dos de las esquinas opuestas en diagonal estaban embrujadas. Esquinas en las que, cada noche, alguien que ninguno jamás vio ponía letreros mágicos recordando gente del pueblo que había muerto muy, pero muy de viejas. Fantasmas que conversaban pero nadie oía.

El misterioso personaje, según contó Angélica, colocaba los carteles apenas pasada las diez de la noche y los retiraba antes de que saliéramos para ir a la escuela. Me arrepiento, enormemente, de no haberme dado un tiempo para hablar, ya de grande, con esta mujer que hace años se retiró misteriosamente de la vida.

Cuentan hoy los vecinos más mayores que, cuando vuelven tarde de alguna juerga nocturna, ven carteles misteriosos en esas dos esquinas y que a la mañana no están más porque alguien los retira.
Hoy, cuando les conté esta historia a mis nietos, me miraron con extrañeza y se rieron. Ellos dijeron: “Andá, abuelo, el tipo que pone y cambia los carteles sos vos, ¿no es cierto?...”
En fin; los tiempos cambian, ¿no?

Nocturnos, en Clave de Ausencia

Septuagésimo octavo Nocturno


FRUTA AMARGA
[Semblanza de una calle de barrancas, a principios de la década de 1960, con amores de estudiantes].

La noche envuelve con pereza las sombras y los silbidos del silencio se hacen más agudos con las imágenes fantasmales del tiempo.
Se ha ido.
¡Son tantas las noches en que partió, y de espera, que el regreso escarba lejano!
El cuadro huele a suaves perfumes evaporados de una subida nacida en la profundidad de otra calle en bajada que, acariciando casas viejas, muere ahogada en la greda del río.
En el dibujo, una bombilla amarillenta oscila al borde de la escalera que desciende a enrollarse en las bobinas de papel; las voces de los estudiantes se mezclan con el jadeo invernal; los alientos se condensan regando la acera húmeda; una vereda se esconde en las lazadas y puntos del crochet de telarañas de épocas; la arteria, palpitante, guarda secretos de pibes temerosos al “no” de alguna pretendida novia; amores que el tiempo dejó en el recuerdo y de otros que los años mantuvieron juntos.
Por esa calle se llegaba hasta la fatigosa y asmática usina del pueblo. Por esa calle se enmarcaron surcos de bicicletas cargadas de obreros camino a las fábricas. Por esa calle noviamos y en ella aún, en las noches frías, las naranjas maduran amargas en los naranjos descuidados.
Todo no es más que hielo derretido; momentos robados a la suerte y de años locos con saetas voladoras que no se aprendieron a esquivar.
La calle perezosa, con resabio a fruta amarga, aguarda.
Se ha ido.
¡Son tantas las noches en que partió, y de espera, que el regreso escarba lejano!

Mar del Plata, 16 de agosto de 2012.

Nocturnos, en Clave de Ausencia

Septuagésimo séptimo Nocturno

Después de sesenta años



El sol acaricia la mañana desde un cielo limpio de nubes.

Pedro, sentado en un banco del muelle de pescadores zambulle su mirada en cada ola que se disuelve en el acantilado. Por algunos instantes se lo ve escuchando con atención y en otros asiente agudamente. En cierto momento, un poco exasperado, responde: “No creas, David, que todo fue ni es tan simple… no siempre podés conseguir lo que querés; aunque si inistís, por ahí, obtenés lo que necesitás”.

El otro dice algo que, por lo visto, toca profundamente a Pedro quien levanta la vista fijándola a un costado del banco y, agitando las manos, responde “… es cierto, David, es cierto. Si la razón deja que la fantasía actúe por su cuenta, la imaginación termina produciendo monstruos imposibles”.

Aníbal, que había bajado a caminar un rato por la playa, regresó y parándose frente a su padre le pregunta extrañado:

- ¿Estás hablando solo, papá?

- Solo no, con David – contestó el hombre.

- ¿David?

- Sí, David, el amigo imaginario de mi infancia. Crecimos juntos pero un día, inexplicablemente, él se fue… o me fui yo, no lo sé… ¡nos reencontramos después de sesenta años! Él se puso demasiado sabio y yo por demás de viejo.

Aníbal menea la cabeza; ríe porque cree que su padre bromea, le apoya la mano en el hombro y dice:

- Vamos, viejo; mamá, los chicos y mi mujer nos esperan para almorzar.

El hombre se para obediente y, sin despegar la mirada del banco, propina una sonrisa de despedida mientras pregunta silenciosamente, como seguramente lo hizo un día en sus años más inocentes, “¿volveremos a encontrarnos, amigo?”…

Pedro y Aníbal se alejan perdiéndose entre la gente.

El sol acaricia el fin de la mañana desde un cielo limpio de nubes.

David se disuelve, como lo hacen las olas, en el seno del acantilado.



 Mar del Plata, 23 de Noviembre de 2012.

martes, 12 de junio de 2012

Nocturnos, en Clave de Ausencia

Septuagésimo sexto Nocturno
Mañana decisiva (Efecto Doppler)


A lo mejor todo, simplemente, se deba a que decidió jubilar sus anhelos. Vaya a saber por qué pero el viejo solterón, profesor de Física, acabó envuelto en sus pesadillas recurrentes; de esas que no se puede salir porque seguramente se traen enmarañadas desde pibe.
La jubilación le había llegado por oficio, o ciertamente obligado si se prefiere, hacía casi seis años y no se acostumbraba a eso; más por no poder continuar el trato cotidiano con los alumnos y colegas que por lo que se iban deteriorando sus ingresos aunque, en realidad, no era para menos.
Fueron dos días o mañanas diferentes y decisivas, al final de cuentas. En la primera resolvió barajar con un poco más de convencimiento eso que venía mascullando. Debía decidirse por una cosa u otra.
Miró salir a su hermana, como lo hacía cada mañana, a hacer las compras para el día. Sonriendo se hicieron una seña cariñosa de despedida con las manos; la observó alejarse desde la puerta de calle y meneó la cabeza. Volvió a decirse que aún no era el día; porque, a pesar de todo, todavía malgastaba ese tipo de dudas que se mezclan con el silencio del insomnio antes de entrar en la etapa casi obligada del sueño que tarda en llegar. “Mañana sí… quizás sea mañana”, pensó muy por dentro.
Cuando vio que Matilde entraba a la panadería de la otra cuadra miró la hora en su reloj pulsera y decidió salir. Cerró la puerta de calle con llave y tomó en sentido contrario del que había tomado su hermana. Al llegar a la esquina dobló para la barranca, dirigiéndose hacia la barrera del ferrocarril. Se cruzó con algunos vecinos y cuando había hecho dos de las tres cuadras de la suave bajada de la calle con sus naranjos amargos florecidos escuchó el sonido trepidante del tren que iba pasando a unas cinco cuadras de él. Volvió a mirar la hora y se dijo “fuera de horario, atrasado como siempre”. A lo lejos observó que la barrera se levantaba tras el paso del convoy. Apuró el paso y en pocos minutos llegó a las vías. Caminó hasta el carril por donde había pasado el tren y miró a lo lejos, hacia donde los rieles parecen unirse como, teóricamente, lo hacen dos rectas paralelas en el infinito. Pensó en las veces que había usado ese recurso para la mecánica Newtoniana cuando los muchachos no entendían demasiado cómo elegir puntos de referencia para el origen de los vectores que siempre, en un principio, resultaban serle flechas de indios. Sonrió haciendo que brillasen sus ojos al recordar esos días. Cuando volvió en sí de sus recuerdos salió del recto camino de hierro y durmientes regresando sobre los pasos en que había llegado.
Hizo apenas cien metros, dándose ánimo para caminar barranca arriba, cuando se cruzó con Elsa. Ella; tan linda y jovial aunque casi, casi, tan vieja como él. Se miraron, se sonrieron y entendieron que debían marcharse juntos como tantas veces lo habían hecho. Él le extendió su mano tomando fuerte la de ella y se dirigieron en silencio hasta la casa de la mujer. Pasaron juntos lo que restaba del día y era entrada la noche para cuando Enrique volvió a la suya. Matilde lo esperaba con la cena, enojada porque había faltado al mediodía sin avisarle que lo haría. De todos modos él se sentó a la mesa y su hermana, sirviéndole en el plato la sopa, le protestó:
- Quisiera saber cuándo vas a decidir irte a vivir con ella… ya sé lo que me vas a contestar… ¡ya lo sé!, aunque hace tiempo que no lo decís… “no quiero dejarte sola”… y no entendés, o no querés hacerlo… yo tengo a mis hijos y los nietos. Además, porque hagas tu vida con Elsa no significa que nos alejemos. Ella me quiere y yo la quiero… seríamos más de familia. No sé el por qué de ese estúpido empeño tuyo… me preocupás, Enrique, en serio que me inquietás. Tenés alguien que te ama y te ponés hecho un tonto no aceptando esa realidad… si vos también la querés y… mirá que hace años de esta historia, ¿eh? Más viejo venís y más duro de entendedera y caprichoso te ponés…
Enrique no contestó palabra. Simplemente masculló para sus adentros, “tengo que decidirme… tengo que hacerlo. Estorbo, eso pasa, estorbo”.
Matilde hizo silencio por un momento, pero después continuó:
- ¿Qué vas a hacer esta noche? Vienen los chicos. Traerán postre.
- Miraré la televisión – fue la contestación.
- Como quieras. Apuráte con la sopa y te sirvo el revuelto de zapallito que ya deben estar por llegar.
No volvieron a hablar. Enrique terminó con la cena y se retiró a la pieza a ver, como lo hacía todas las noches, el resumen de noticias en el canal local. Adoraba a su hermana, la había cuidado con todo amor desde que quedó viuda, pero debía tomar una decisión. Ella también estaba vieja y cansada. Ya eran muchos años viviendo juntos. Desde antes de morir su cuñado… pero algo andaba fallando en él y, en fin, “debía decidirse” se dijo. Confusiones, simplemente desórdenes, “mañana será… mañana…”. Encendió el televisor y cuando hacía un buen rato de que lo miraba, recostado en su mullido sillón de la PC, alguien tocó a la puerta.
- ¡Sí! – contestó.
- ¡Hola tío! - gritaron del otro lado - ¡¿me explicás un tema, que mañana tengo examen?!... y después dejáme usar tu compu.
Enrique se paró y fue hasta la puerta abriéndola.
- Pasá Manuel, entrá. ¿Por qué esperás siempre a último momento para que te explique algo?
- ¡Ufa, tío! Es una cosita, nada más. Tengo prueba de Física y no entiendo eso del efecto Doppler. ¿Me lo explicás y después me dejás revisar el facebook?
- ¡El facebook! ¡Bah! Dále, andá, sentáte a la mesa y sacá tu carpeta o el libro que te explico lo que quieras.
- Lo miramos por Internet, tío…
- ¡Qué Internet, ni qué diablos! Yo no necesito de eso para explicarte algo. ¿Siquiera trajiste carpeta y libro? Andá, andá. Sentáte ahí.
Enrique explicó el fenómeno Doppler e incluso resolvieron algunas situaciones problemáticas de esas que se podrían presentar en un examen. Manuel usó la PC hasta casi la medianoche cuando Matilde lo llamó gritándole:
- ¡Vamos, Manuel, que tus padres y hermanos se van!
El muchacho se acercó a  Enrique que estaba recostado en la cama medio dormido encarando al televisor aún prendido, le dio un beso y las gracias. Se marchó rápido. Al cerrar la puerta, el viejo profesor se paró y apagó la PC meneando la cabeza distraídamente. De afuera varias voces gritaron:
- ¡¡¡Chau, tío!!!
- ¡¡¡Chau!!! - gritó.
La mañana llegó rápido sin haber podido conciliar del todo, como de costumbre, el sueño y Enrique se levantó, con las ideas medio agitadas, a desayunar. Calentó el agua para tomar unos mates, preparó unas cuantas tajadas de pan con manteca, saboreó desatentamente su ligera comida  y luego repitió todo lo que había hecho en la mañana anterior. Esperó a que su hermana saliese a hacer los mandados y enfiló, calle abajo, hasta la barrera del ferrocarril. Había salido algo más temprano que el día anterior y apurado el paso. La barrera estaba abierta. Se paró en la vía por donde debería pasar el convoy y miró hacia el sitio a esperar que llegara. Desde lejos, como un punto móvil, se acercaba la mole de acero. Sacó pecho y respiró profundamente. El tren comenzó a tocar pito y se acercaba a buena velocidad. Él más y más ensanchaba el pecho y abría los ojos… de pronto se dio cuenta de que el pito del tren cambiaba el sonido, desde un tono más agudo a uno más grave, a medida de que se aproximaba… recordó la explicación de la noche anterior del efecto Doppler a su sobrino y se dio cuenta de que lo estaba comprobando experimentalmente y que, ¡tanto que lo había enseñado en su carrera!... y; justo en ese momento de decisión universal, ve que también todo lo agudo de su vida se convertía en grave y pasaría de largo hasta perderse en un punto distante opuesto, en el otro lado de un tiempo que no lograría conocer y… dio rápidamente unos pasos hacia fuera de las vías justo en el momento en que pasaba el tren… hundió el pecho, bajó la cabeza, esbozó una sonrisa triste como quien se despide de una idea y resolvió volver sobre los pasos que lo habían traído hasta ahí… a pocos metros Elsa lo estaba esperando… Enrique la abrazó profundamente y la besó con ansias, se tomaron de las manos y caminaron rumbo a la casa de ella…
La noche llegó y se sentía tranquila. Matilde guardó la cena ya fría porque era tarde y la hora de dormir. Pensó; “bueno, por fin se decidió. Era tiempo. Lo extrañaré pero fue necesario de que se convenciera por sí mismo. Seguramente mañana vendrán a cenar e invitaré a los chicos. Habrá un cubierto más en la mesa…”

domingo, 3 de junio de 2012

Nocturnos, en clave de ausencia

Septuagésimo quinto nocturno

Mañana de otoño

(Jueves 12 de abril de 2012, después de la siesta y… cualquier similitud con una historia real es pura coincidencia… qué sé yo, aclaro no más…)

No sé por qué me pasan algunas cosas…
La mañana de otoño estaba fresca y se me ocurrió caminar para hacer un poco de ejercicio mientras escuchaba, por los auriculares del MP3, unos buenos tangos de mi vieja colección. La plaza del barrio es un buen lugar para hacerlo. Le habían hecho las veredas nuevas hacía poco tiempo atrás y se podía andar con seguridad y ligero, como para bajar algo el abdomen que crece tanto como los pelos que asoman en cualquier lugar y no justamente en la cabeza.
Crucé al peluquero que iba apurado a abrir su local y me causó gracia ya que hacía tiempo que no lo visitaba. Digo que es gracioso porque hasta hace algún tiempo atrás, algo más de un año, me miraba para comprobar que no fuera a cortarme al otro barrio. Ya no me observa porque la rodilla natural que uso de gorro lo dice todo. Es impresionante como pierdo el pelo en estos últimos tiempos. Me dijeron de hacer enjuagues con abundante té de ortiga pero no me da por hacer caso a esas cosas. Como bien dicen, el piso y los hombros son los únicos que detienen la caída del pelo cuando te ataca la calvicie.
La cuestión es que llegué a la plaza, que se veía amarilleada con las hojas de abril que caían de los plátanos, y unos cuantos madrugadores del barrio estaban sentados disfrutando el fresco mañanero en los bancos de madera que, por cierto, son los más cómodos ya que tienen respaldo. Calculé cuántos viejos como yo tendría que saludar en la primera vuelta y enfilé en sentido contrario a las agujas del reloj; en Física eso indica un giro de momento positivo.
Hice apenas los primeros cien metros de la manzana y estaba por doblar en la primera esquina cuando un tipo me pasó trotando por el lado del cordón de la calle. Vaya a saber para donde iba tan apurado. Lo puteé por lo bajo porque me sorprendió e hizo que perdiera el ritmo de la caminata. Para ese momento ya llevaba saludados a tres vecinos jubilados de la fábrica de jabones que, desde hace más de treinta años, da trabajo a la gente del pueblo.
Cuando terminaba de caminar otra cuadra, y antes de girar, un perro vagabundo, sucio, que venía a mi encuentro comenzó a ladrar. Miré hacia atrás y distingo a un adolescente que se acercaba a todo trapo en patineta. La cuestión es que el animal no sabía si tirarle el tarascón al pibe o a mí; y entre mocoso y can casi me hacen caer. El skayter bajó el cordón de la vereda hacia la manzana de enfrente mientras el sabueso lo perseguía y por ahí se perdieron. Otra vez me habían hecho cambiar el ritmo de la caminata. Volví a putear pero después me distraje pensando que ya llevaba saludados a cinco viejos ociosos pero a ninguna mujer.
Hice la tercera cuadra de mi caminata y no encontré a ninguno para saludar y nada ni nadie me sorprendieron, por lo que mantuve el ritmo del ejercicio.
Doblé para cerrar el circuito en la cuarta cuadra de la plaza cuando observé que enfrente estaban descargando pan fresco donde es la mejor despensa del pueblo.
Al diablo con la caminata, pensé, me desenchufé los auriculares guardándolos en el bolsillo del pantalón y crucé para comprar algo porque me había dado hambre.
Hice preparar un buen sánguche de jamón crudo serrano y queso a lo que agregué un buen vaso de plástico con gaseosa. Pagué y regresé a la plaza. Me senté en uno de los cómodos bancos de madera con respaldo, apoyé la bebida en el asiento y mientras desenvolvía el exquisito emparedado vi que pasaban apurados los cinco viejos jubilados, que me saludaron de a uno. La próstata, pensé. Cuando estaba por dar el primer mordiscón pasó corriendo el tipo que me había cruzado en la primera cuadra, detrás de él el pibe en patineta y el perro que los perseguía. El animal cuando me vio se paró de golpe y yo también lo miré quedándome estático. Vino hacia mí, se apoyó en el banco, volcó el vaso de gaseosa, le pegó una furibunda lamida al sánguche y me lo arrebató. Quedé mirando cómo se comía lo que debería haber sido mi colación mañanera…
De vuelta para mi casa pasé por la peluquería del barrio y me senté a esperar para que me rasurasen y…
¡¡¡Ah!!!, ¿aún no les dije que esa fue mi primera mañana de docente solterón jubilado?

lunes, 31 de octubre de 2011

Nocturnos, en clave de ausencia

Septuagésimo cuarto nocturno

Las últimas monotonías de la noche enmarcan los agudos silbidos del silencio. La soledad en compañía lo desató del amor. Simple, tímido, ya cano, amante de las artes y alejado de lo que fue su profesión cotidiana, espera con paciencia concretar algo que lo aliente a vivir más. Del otro lado de la PC una mujer dulce y cariñosa desde hace mucho tiempo le escribe a cada momento sin mayores exigencias que lo que pueda ser él. Cotidianamente intercambian músicas, poesías, sueños y mimos en palabras sutiles. Más; frente a esa fría soledad en compañía, las noches lo encuentran con una sonrisa con dejo triste tras cada respuesta de ella. Hoy, y justamente esta noche, se le ocurrió preguntarle escribiéndole en su muro si es feliz… que por las horas entradas en que se escriben él supone que quien la acompaña en su vida está ausente o quizás sea notablemente mayor.
Pasa el tiempo y ella no contesta.
Alguien que también frecuenta o tiene acceso a su muro le responde que deje las cosas como están; que ella está bien casada y es muy feliz.
Con las últimas monotonías de la noche que enmarca los silbidos del silencio; el hombre de la soledad en compañía, con más miedo que dudas a la verdadera respuesta apaga su PC pensando en que quizás ya no volverá a encenderla…

Nocturnos, en clave de ausencia

Septuagésimo tercer nocturno

La primavera ventosa agoniza y el verano golpea en la puertaventana que da al balcón del departamento. Las macetas con las alegrías de jardín en varios colores florecidas, por momentos distraen al hombre. El monitor de la PC muestra el comentario de alguien que dándose de amigo le escribió que es un bohemio tonto porque ella, que es rica y bella, lo usa divirtiéndose con sus suaves, enamoradizas y sutiles apreciaciones al saberse lejana e inalcanzable. Él se pregunta si deberá responderle al entrometido o permanecer en silencio de escritura guardándose muy por dentro. Después de todo ¿no es ella una historia repetida? Es rica, inmensamente rica; cuando él es rico, inmensamente rico, en palabras y sonidos de poesías.
El viento de fin de primavera azota las alegrías y el bohemio ignora el comentario; más después se dispone a escribirle a ella. Va a preguntarle si es que, siendo rica, podría viajar a conocerlo, cuanto más no sea, montada en una estela y… y, ¡sí!, teme la respuesta.

martes, 18 de octubre de 2011

Nocturnos, en clave de ausencia

Septuagésimo segundo nocturno

En las noches de insomnio me pregunto…
¿Por qué el tiempo en mi espacio fluye sólida y astilladamente si los relojes de arena son capaces de mantenerlo confinado en un dilatado recinto de cristal...?
¿Por qué el tiempo en mi espacio fluye sólida y astilladamente si los relojes de aguja y sol son capaces de mantenerlo prisionero en un circuito plano limitándolo a ceñirse aburrida y progresivamente entre doce números que se repiten indefinidamente…?
¿Por qué el tiempo en mi espacio fluye sólida y astilladamente si los relojes digitales son capaces de encarcelarlo entre sesenta repetitivos pestañeos…?
¿Será, acaso, el espacio lo que limita al tiempo porque la alquimia de los sueños no lo deja llegar más allá de donde llega la vida…?
¡¡¡Shhhhhhhhh!!! 
(Tic tac, tic tac, tic tac, tic tac)
En fin… en las noches de insomnio pierdo el tiempo…

Nocturnos, en clave de ausencia

Septuagésimo primer nocturno

Intermezzo Amatorius
Es tremendo verla a María Elisa meterse desnuda en la bañera bajo tan abundante agua tibia que desde la lluvia cae sobre su cuerpo… ¡Ah!, cómo quisiera ser cada gota de agua para recorrerla palmo a palmo por delante y detrás… y cada rincón de su cuerpo se estremece tras el cosquilleo que el agua le propina al deslizarse sobre su cuello… entre los pechos, girando en sus pezones… en la cintura, besándola en el ombligo… y el fruto deseado, celado, abre y desordena el placentero desliz de las gotas que, torpemente, acarician los muslos mientras ella, toda María Elisa, tira la cabeza hacia atrás cerrando los ojos… y tras ese intenso instante el agua, ya más desconcentrada, sigue su camino regándole los tobillos y escondiéndose en los suaves dedos de los pies para luego perderse en el desagüe que termina recogiendo todas las tan intensas sensaciones… ¡¡¡y sus glúteos,¡por Dios!, sus glúteos endurecidos al levantar, de a una, las piernas!!! … y las manos… entonces sus delicadas manos me toman, me aprietan, me acarician, me introducen, me… ¡Ay!, cuando el agua deja de escurrir la poseo aún más; abrigándola, después, intensamente…
Y, hoy, ¡¡¡María Elisa!!!... ¡justamente hoy!, María Elisa, me meterá en el lavarropas porque ya es tiempo de lavado, enjuague y secado, para devolverme lo más rápido posible al toallero.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Nocturnos, en clave de ausencia

Septuagésimo nocturno


Está terminando el invierno con sus mañanas oscuras y es por eso que queda la alcoba virtualmente envuelta en telas claras. La tibieza de la cama revuelta se destempla, dejando pendiente el amor para cuando toquen, como mínimo, once nocturnas campanadas. Quizás esta noche llovizne, ¿acaso, no pasa así en este tiempo? Las gotas caerán de los techos de chapa marcando el vaivén de los tiempos perdidos. Mañana... en la oscuridad de la mañana quedará otra vez la alcoba envuelta virtualmente en telas claras. Ya; es septiembre y es tiempo, como lo es cada momento... es tiempo de fidelidad o de engaños, no lo sé... pero sé que es tiempo de amantes...

Nocturnos, en clave de ausencia

Sexagésimo noveno nocturno


Le dije que debía ausentarme por un tiempo y no me pidió explicaciones. Supe que esperaba que sucediera. Al darse cuenta de que algo sospechaba inclinó la cabeza para que la besara en la frente. A mí... a mí, sólo me esperaba el trabajo que, muy de vez en cuando, hacía cuando el dinero se acababa... a ella la disgrega una pasión diferente. Apretó los labios escondiéndolos, como lo hacía desde hacía un tiempo... me separó de su cuerpo pensando en otra cosa. Buscó un compacto y lo llevó al equipo... lo encendió y puso la música... una de esas que jamás escuchamos juntos... simplemente me convencí de que no volvería a verla... salí de la casa, cerré la puerta, la llovizna me empapó la cara y... y, como si el rostro se disolviese, bajo cierta flacidez se debilitó el cuerpo... pensé en mañana... mañana estaría lejos, sin rumbo fijo y, como de costumbre, sin dinero ni esperanzas... sabía que pasado mañana le ataría una cinta al pasado y que al tercer día volvería a estar contento... porque, seguramente, como pasa siempre habré hallado otro par de buenos pechos donde recostar y secar el llanto de mis excusas y... ¿por qué, no?... haré silencio... guardaré mis secretos y... y, ¡Bah!... mujeres faltan... historias y cuentos sobran.